miércoles, 5 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [12]

    El silencio volvió a reinar durante un momento mientras Oliver continuaba rondando por aquél lugar. Delia podía sentir claramente el pulso acelerado y la respiración agitada que trataba de controlar sin conseguirlo. ¿Qué diablos había pasado para llegar a ese punto? Todo habría sido más fácil si aquellos malditos…seres hubiesen respondido sin darle tantas evasivas. Lo que más echaba en falta era no poder hablar con Ella, la necesitaba; sabía que Ella podría darle una respuesta clara o un buen consejo sobre lo que debía hacer a continuación, pero si lo hacía entonces Oliver los descubriría, y ella no quería eso.

- No deberías tenerlo, Delia. – dijo Rata con voz suave, cercana a ella.
- ¿Que no? – preguntó ella incrédula. - ¿Por qué no debería tenerle miedo a esa…cosa? ¡Acaba de aparecer de la nada y dice que quiere cogerme!
- No deberías tenerle tanto miedo, porque él también te lo tiene a ti. – respondió Rata con tono seguro. - ¿Por qué crees que ha montado todo este circo? Quiere tenerte aquí, encerrada, para que no puedas entrometerte en sus planes y sus ideas; quiere que se te acabe el tiempo y que te acabes convirtiendo en una de nosotros para poder vivir sin el miedo de que le mates elimines.

    La información era valiosa, desde luego, pero había sido tan contundente que sintió como si la golpeasen con un mazo enorme. Tuvo que cerrar los ojos un momento para intentar aclarar la mente y poder asimilar lo que Rata le acababa de decir.
    Fuera, Oliver continuaba caminando por el jardín, buscándola. Sin embargo los pasos ya eran cada vez más lentos y espaciados entre sí; se estaba cansando de mirar sin resultado.

- ¿Cómo puede tenerme miedo a mí, si ni siquiera sabía dónde diablos estaba, hasta hace un par de minutos? – preguntó, negando con la cabeza. – Si es una broma, no ha tenido gracia.
- Puedes creerme o puedes no hacerlo, eso es decisión tuya, así como puedes creer que la luz y la oscuridad tienen caras distintas y opuestas entre sí, pero al mismo tiempo son la misma, - dijo Rata con paciencia. – pero debes admitir que no ha tardado nada en venir aquí para ver quién había desafiado las reglas. Si cualquiera de nosotros lo hubiese hecho se habría limitado a castigarnos sin más, pero estando tú aquí…no puede arriesgarse a enviar a algunos de sus esbirros, podrían fallar y tú podrías conseguir muchas más respuestas.
- ¿Estás diciendo que yo podría…derrotarlo? – preguntó, de nuevo incrédula, negando con la cabeza mientras chasqueaba la lengua. – Lo siento, ratón, pero me resulta imposible pensar en algo así, yo no puedo enfrentarme a nadie. Yo…yo… - negó con la cabeza.
- Evidentemente no puedes enfrentarte a ellos en este momento, no eres consciente de lo que eres capaz y eso él puede aprovecharlo en su favor. Tienes que aprender más…y tienes que descubrir en quién puedes confiar y en quién no, porque algunos te dirán la verdad y otros te mentirán para ayudar a Oliver.

    De nuevo la información cayó como un cañonazo demoledor. ¿Sería cierto que no podría fiarse de todos los que habían en el jardín? Si ratón tenía razón y algunos le mentirían para ponerla en una mala situación…eso significaba que el propio ratón podría estar mintiéndole, ¿eso era posible? Suponía que sí pero…¿por qué contarle entonces todo lo que le estaba contando?
    No pudo evitar mirar a ratón de forma distinta en ese momento, desconfiando de lo que pudiese suceder. Ratón pareció esbozar una sonrisa divertida.

- No te preocupes, no te culpo por desconfiar. – dijo con tono divertido. – Entiendo que lo hagas, y me alegro de que lo hagas. Ahora debo irme, Delia. Piensa en todo lo que te he dicho.
- ¡No, espera! – exclamó Delia, repentinamente asustada. – Por favor, ratón, no me dejes aquí sola…

    No sirvió de nada, escuchó perfectamente cómo Rata echaba a correr hacia el interior del porche, adentrándose  en la oscuridad, alejándose del lugar. Se sintió sola y asustada, escuchando los pasos de Oliver cada vez más lejos.


- Volveré, pequeño parásito, y te encontraré. – exclamó, antes de irse. 

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