Todo en el
jardín estaba agitándose y temblando de manera imparable, como si estuviesen
preparándose para algo, como si tuviesen miedo de que eso llegara. Delia debía buscar
un escondrijo, y debía hacerlo rápido; el problema era que las puertas al
interior de la casa estaban cerradas y no podría entrar por ahí. – Podría romper alguna de las ventanas para
poder colarme. – pensó, con cierta esperanza. - ¡No! Si lo haces, él sabrá donde buscarte. No puedes darle pistas de dónde
te has escondido o te atrapará. – respondió la voz de Ella con alarma, eso
la asustó mucho más. Quiso preguntar dónde debía esconderse pero supo que la
voz no volvería a responder de momento. – Tengo
que buscar un escondite, y debo hacerlo rápido. – pensó, mirando a su
alrededor.
Podía intentar esconderse entre los arbustos que
rodeaban el porche, pero lo descartó; estaba convencida de que las flores la
delatarían. Podía intentar esconderse dentro de la horrible fuente, pero
tampoco sería un buen escondite: sólo tendría que acercarse un poco para verla
tras el muro circular. También podría intentar esconderse subiéndose a uno de
los árboles…pero eran demasiado lisos; jamás podría escalarlos sin caerse. - ¿Dónde, dónde?
-
Dese
prisa, señorita Delia, ya casi está aquí. – susurró la voz de búho, refugiado
en una de las copas.
- Eso es fácil
de decir para ti, que tienes alas. – pensó ella haciendo caso omiso de las
palabras.
- No pierdas el tiempo, niña. Te encontrará y te
llevará con él. – dijo la voz de Cuervo, cargada de burla. – Haznos un favor a
todos y déjate atrapar, no nos pongas en peligro al resto.
- Maldito
bicho asqueroso. – pensó tratando de ignorar esa voz. - ¡Reloj! ¡Él sabrá lo que hacer! – pensó
con súbita certeza. - ¡Reloj, Reloj! ¿Dónde estás? – lo llamó a voz en grito,
consciente de que aparecería de un momento a otro.
- Reloj no va a aparecer, pequeña. – dijo la voz de
Araña, con lástima. – Huye, escóndete. Ahora nadie puede ayudarte, ninguno de
nosotros se atreverá a plantarle cara a él.
- ¿Pero quién es él? – preguntó ella, al borde del
miedo. - ¿Quién es él, y qué hace aquí? ¿Por qué me ha traído, y por qué ahora
aparece? ¡Son tantas preguntas sin respuesta! – protestó, consciente de que
estaba malgastando los últimos segundos que tenía.
Bajo el
porche, claro, allí se escondería; habría el hueco justo para alguien de su
tamaño. – Espero que ese él sea más
grande que yo. – pensó, saltando al suelo de tierra una vez más para
acercarse al hueco. Estaba oscuro, frío,
demasiado silencioso como para que se pudiese fiar sin más. Estaba convencida
de que allí se escondería una alimaña un
nido de bichos asquerosos que sólo querrían comérsela
corretear por encima de ella, buscando su carne calor. - ¿Y si él lo
que pretende es precisamente que me meta ahí dentro, para atraparme? Está oscuro
y no vería nada, podría llegar por cualquier parte para… - no se atrevió a
acabar la frase, se lanzó de cabeza hacia el hueco para esconderse; sería mucho
peor quedarse ahí de pie, en mitad del jardín, esperando a que aquella cosa
apareciese para llevársela. – Espero no
arrepentirme de esto. – pensó, arrastrándose por la tierra para adentrarse
más bajo el parco refugio de madera. - ¡Huele
fatal, y la tierra está pegajosa! – protestó, mentalmente, con una cómica
cara de asco. – Seguro que está pegajosa…de
sangre coagulada, él comerá ahí dentro y tú te has metido en la boca del lobo. –
pensó sin poder evitarlo, temblando un poco por el miedo y el frío.
- Mi jardín…mi hermoso jardín, lleno de mis hermosas
y extrañas criaturas. – dijo una voz escabrosa, extraña, como si la propia voz
estuviese cargada de espinas que laceraban la garganta antes de salir; era un sonido
desagradable. – Pero… ¿dónde está mi nueva adquisición? – preguntó con voz
cantarina, que sonaba mucho más siniestra. – Sal, sal, ratita, quiero verte la
colita. – se echó a reír de manera compulsiva, pero acabó tosiendo. Tosía sin
poder parar y Delia supo que acabaría expulsando trozos de sus órganos mientras
tosía; supo que él se estaba muriendo.
- ¿Qué diablos
es eso? –se preguntó, alterada; no podía verlo aún y, aunque no quisiese
hacerlo, eso la asustaba mucho más.
- Se llama Oliver, - susurró una voz a su lado. – y
es el rey.
- ¿El rey? – preguntó ella, mirando hacia la voz. -
¿El rey de qué?
No hay comentarios:
Publicar un comentario