sábado, 1 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [8]

    Todo en el jardín estaba agitándose y temblando de manera imparable, como si estuviesen preparándose para algo, como si tuviesen miedo de que eso llegara. Delia debía buscar un escondrijo, y debía hacerlo rápido; el problema era que las puertas al interior de la casa estaban cerradas y no podría entrar por ahí. – Podría romper alguna de las ventanas para poder colarme. – pensó, con cierta esperanza. - ¡No! Si lo haces, él sabrá donde buscarte. No puedes darle pistas de dónde te has escondido o te atrapará. – respondió la voz de Ella con alarma, eso la asustó mucho más. Quiso preguntar dónde debía esconderse pero supo que la voz no volvería a responder de momento. – Tengo que buscar un escondite, y debo hacerlo rápido. – pensó, mirando a su alrededor.

Podía intentar esconderse entre los arbustos que rodeaban el porche, pero lo descartó; estaba convencida de que las flores la delatarían. Podía intentar esconderse dentro de la horrible fuente, pero tampoco sería un buen escondite: sólo tendría que acercarse un poco para verla tras el muro circular. También podría intentar esconderse subiéndose a uno de los árboles…pero eran demasiado lisos; jamás podría escalarlos sin caerse. - ¿Dónde, dónde?

- Dese prisa, señorita Delia, ya casi está aquí. – susurró la voz de búho, refugiado en una de las copas.
- Eso es fácil de decir para ti, que tienes alas. – pensó ella haciendo caso omiso de las palabras.
- No pierdas el tiempo, niña. Te encontrará y te llevará con él. – dijo la voz de Cuervo, cargada de burla. – Haznos un favor a todos y déjate atrapar, no nos pongas en peligro al resto.
- Maldito bicho asqueroso. – pensó tratando de ignorar esa voz. - ¡Reloj! ¡Él sabrá lo que hacer! – pensó con súbita certeza. - ¡Reloj, Reloj! ¿Dónde estás? – lo llamó a voz en grito, consciente de que aparecería de un momento a otro.
- Reloj no va a aparecer, pequeña. – dijo la voz de Araña, con lástima. – Huye, escóndete. Ahora nadie puede ayudarte, ninguno de nosotros se atreverá a plantarle cara a él.
- ¿Pero quién es él? – preguntó ella, al borde del miedo. - ¿Quién es él, y qué hace aquí? ¿Por qué me ha traído, y por qué ahora aparece? ¡Son tantas preguntas sin respuesta! – protestó, consciente de que estaba malgastando los últimos segundos que tenía.

    Bajo el porche, claro, allí se escondería; habría el hueco justo para alguien de su tamaño. – Espero que ese él sea más grande que yo. – pensó, saltando al suelo de tierra una vez más para acercarse al hueco. Estaba oscuro, frío, demasiado silencioso como para que se pudiese fiar sin más. Estaba convencida de que allí se escondería una alimaña un nido de bichos asquerosos que sólo querrían comérsela corretear por encima de ella, buscando su carne calor. - ¿Y si él lo que pretende es precisamente que me meta ahí dentro, para atraparme? Está oscuro y no vería nada, podría llegar por cualquier parte para… - no se atrevió a acabar la frase, se lanzó de cabeza hacia el hueco para esconderse; sería mucho peor quedarse ahí de pie, en mitad del jardín, esperando a que aquella cosa apareciese para llevársela. – Espero no arrepentirme de esto. – pensó, arrastrándose por la tierra para adentrarse más bajo el parco refugio de madera. - ¡Huele fatal, y la tierra está pegajosa! – protestó, mentalmente, con una cómica cara de asco. – Seguro que está pegajosa…de sangre coagulada, él comerá ahí dentro y tú te has metido en la boca del lobo. – pensó sin poder evitarlo, temblando un poco por el miedo y el frío.

- Mi jardín…mi hermoso jardín, lleno de mis hermosas y extrañas criaturas. – dijo una voz escabrosa, extraña, como si la propia voz estuviese cargada de espinas que laceraban la garganta antes de salir; era un sonido desagradable. – Pero… ¿dónde está mi nueva adquisición? – preguntó con voz cantarina, que sonaba mucho más siniestra. – Sal, sal, ratita, quiero verte la colita. – se echó a reír de manera compulsiva, pero acabó tosiendo. Tosía sin poder parar y Delia supo que acabaría expulsando trozos de sus órganos mientras tosía; supo que él se estaba muriendo.

- ¿Qué diablos es eso? –se preguntó, alterada; no podía verlo aún y, aunque no quisiese hacerlo, eso la asustaba mucho más.
- Se llama Oliver, - susurró una voz a su lado. – y es el rey.

- ¿El rey? – preguntó ella, mirando hacia la voz. - ¿El rey de qué?

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