Durante un
breve momento el silencio y la espera se hicieron eternos; los falsos
vigilantes deseaban ansiosos que saltara el cierre del maletero para poder
comenzar la caza, mientras que los pacientes agazapados esperaban con paciencia
a que pasara el tiempo suficiente como para sentirse lo suficientemente a salvo
como para salir de su escondite. El vigilante del autobús y el conductor se
miraron fijamente.
- No lo hagas. – susurró el vigilante.
- ¿Te has vuelto loco? Es una inspección rutinaria,
cuando terminen podremos irnos. – replicó el conductor negando con la cabeza,
llevando una mano hacia el botón que desactivaba el seguro.
- No creo que sean auténticos vigilantes. – volvió a
susurrar el vigilante, negando con la cabeza.
- ¡No digas tonterías, claro que lo son! – replicó una
vez más el conductor, cansado. – Mira, no sé a qué demonios viene todo esto,
¿de acuerdo? Pero ya me he cansado de estar aguantando todas estas tonterías.
Eres un novato y este es tu primer viaje a este lugar, y comprendo que estés
nervioso, pero yo llevo años haciendo esta ruta y he visto a esos tipos en más
de una ocasión, te digo que son auténticos vigilantes.
- No se comportan como tal, Harold. – dijo el vigilante,
negando con la cabeza. – Mira, comprendo que los hayas visto durante mucho
tiempo, pero te digo que no son trigo limpio. No sé qué están tramando, pero no
es nada bueno.
- Claro, y me han tenido engañado todo este tiempo, ¿no?
– dijo él negando con la cabeza, pulsando finalmente el botón del cierre.
El cierre saltó
con un suave “clac” que resonó incluso dentro del autobús a causa del silencio
imperante. ¿Cuánto tiempo había durado la discusión entre ambos desde que el
vigilante les dijo que abriesen el maletero hasta que lo hizo? ¿Dos minutos,
quizá tres? En realidad apenas habían sido diez segundos. Los falsos vigilantes
sonrieron satisfechos, relamiéndose, cuando escucharon el cierre ceder. Uno de
ellos se adelantó para abrir la puerta mientras los otros dos apuntaban al
interior con dos potentes linternas que cegarían a los pacientes.
- ¡Escondeos! – gritó uno de ellos cuando escuchó saltar
el pestillo, llevado por el pánico.
- ¿Nos han descubierto? – preguntó otro, confuso.
- ¿Hemos llegado ya? – preguntó un tercero, que acababa
de despertarse.
- ¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? – preguntó uno de los
falsos vigilantes, sonriendo. – Parece que hemos descubierto unos cuantos
polizontes, ¿no es así? Eso ha estado mal, muchachos, muy mal. – dijo con tono
acusador, como si fuese un padre regañando a los hijos.
- ¡No! – aulló el primero de los pacientes, tratando de
escapar hacia atrás.
El maletero no era demasiado grande, ni mucho menos
cómodo, y no tenían suficiente espacio por donde poder escapar, ni siquiera
defenderse. Su única opción era aguantar allí dentro, agazapados contra una de
las paredes, esperando que aquellos hombres entrasen de uno en uno para
cogerlos, y atacarles. Sin embargo se habían abierto todas las puertas de los
maleteros, y dos de los cuatro falsos vigilantes rodearon el vehículo para atraparlos
por la espalda, pillándolos desprevenidos.
- ¡Te cacé, pequeño conejito! – sonrió uno de los
vigilantes, agarrando por la espalda al primero de los pacientes.
- ¡No, no, déjame! – aulló, siendo arrastrado hacia el
exterior donde fue recibido a patadas.
- ¿Eso te parece una conducta propia de un vigilante? –
preguntó el vigilante. No podía ver lo que ocurría fuera, pero se hacía una
idea aproximada gracias a los gritos.
- No sabemos lo que está pasando ahí fuera. – replicó el
conductor con indiferencia. – Puede ser que los pacientes sean violentos y
hayan querido atacarles, tal vez sólo se estén defendiendo.
- Yo no estaría tan seguro.
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