sábado, 5 de abril de 2014

Centro psiquiátrico

Hoy sí que hay entrega de Centro psiquiátrico, que está muy cerca del final. 

-- Relato -- 

    Que la gran bata blanca hubiese salido del túnel en busca de Burche era algo que beneficiaba a todos allá abajo, salvo al mismo interesado; pero eso a Beaumont ahora no le importaba lo más mínimo.
    La ausencia de ella les daba un tiempo vital para que el grupo se reencontrase y el paciente con el que Roldán había hablado les contase todo lo que éste le había dicho. Con un poco de suerte lograrían sincronizarse hasta el punto de ser una sola mente, con voces y argumentos distintos, a tiempo de poder enfrentarse a lo que estaba por llegar.
    Como ella había salido, el falso director del centro  decidió esperar cerca de la salida del túnel que la gran bata blanca había excavado por sí misma en la roca para escapar, a fin de que ninguno de los pacientes decidiese huir de allí abandonando al resto a su suerte.
    Sin embargo, para desgracia de Beaumont, el paciente había encontrado a los otros, pero no pensaba contarles nada de lo que había ocurrido. O, al menos, nada de lo que el otro le había contado.
- ¿Dónde diablos estabas? – preguntó el primero, con la misma voz autoritaria de siempre.
- Haciendo turismo. – respondió el recién llegado con sorna.
- No es el mejor momento para bromas, ¿no crees? – reprendió el tercero, con voz nerviosa. – Tenemos que salir de aquí, como sea. – continuó, mirando a su alrededor.
- No tan deprisa, muchachos. Antes tenemos cuentas que ajustar. – replicó con una sonrisa divertida.
- ¿Cuentas que ajustar? – preguntó el primero con aire inquisitivo, mirando al resto y luego al recién llegado. – ¿Qué quieres decir? ¿Quieres matarnos? – esbozó una sonrisa sencilla.

    El grupo de tres pacientes se acercó al otro, rodeándolo. Todos esbozaron la misma sonrisa sencilla mientras esperaban la respuesta del paciente díscolo.

- No, a vosotros no. – negó con la cabeza, sin añadir nada más para no ponerlos en alerta. – Pero hay alguien a quien sí que queremos matar desde hace algún tiempo, y está aquí abajo.
- ¿De quién hablas? – preguntó, inquisitivo.
- De nuestro queridísimo director, por supuesto.
- ¿Está aquí? – preguntó, incrédulo. Negó con la cabeza. – No puede ser, no te creo.
- Sí, está aquí y aquí está. – aseguró, sonriente. – Si no me creéis podéis ir a verlo vosotros mismos; está en el mismo sitio por el que hemos entrado, que a su vez es la única salida. – sonrió de nuevo.
- ¿Ahora te has vuelto un poeta o algo parecido? – preguntó el segundo con tono burlón, sonriendo de medio lado. – Porque nunca me gustaron los poetas. – advirtió.
- A mí no me importa lo que te importe. – replicó con un encogimiento de hombros. – Puedes ir a mirarlo por ti mismo o quedarte aquí sin perder el tiempo, lo mismo me da. – esbozó una nueva sonrisa.
    Mientras se dirigía de nuevo hacia el edificio principal del centro sonreía satisfecha. Había logrado envenenar la mente de uno de esos malditos pacientes aprovechando que se encontraba a solas y, por tanto, era completamente vulnerable a sus palabras, y ahora estaban peleándose y discutiendo. Eso era bueno para ella, así no podrían concentrarse y ser uno solo, una sola mente con muchos argumentos que la confundiera e hiciese que se perdiera una vez más.

- Creo que esta vez no te vas a salir con la tuya, Roldán. – susurró en el oído del hombre, que continuaba esperando. – Creo que van a matarse entre ellos, como perros discutiendo por un hueso.
- Eso habrá que verlo. – replicó Beaumont, mirando a su alrededor.


    Tenía que buscar a esos cuatro mentecatos para hacerlos entrar en razón él mismo, cosa que no le gustaba en absoluto. Se puso en marcha, temeroso de la oscuridad. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario