Hace unos días inauguré en mi perfil de Wattpad una serie de relatos médicos que iré llenando poco a poco. Aquí os dejo el primero para intentar engancharos :P podéis ver mi página de wattpad en: http://www.wattpad.com/user/AdrianGarciaPerez
La raíz del mal
A pesar
de haber sido contratado por el profesor Crown como su ayudante de laboratorio
personal me costó mucho tiempo y esfuerzo llegar a formar parte de su equipo médico.
No lo supe hasta mucho tiempo después, pero el profesor desconfiaba de mí y de
mi forma de reaccionar ante los enfermizos proyectos que se llevaban a cabo en
la isla, por lo que me había enviado a colaborar en proyectos de menor
intensidad. Fue de esta manera como conocí al doctor Hermes De Pont, que se
especializaba en las conductas violentas en los pacientes que no presentaban
ningún tipo de desorden mental aparente.
– Pase, pase. Usted debe ser el joven Straw,
¿no es así? Bien, necesitamos sangre joven e ideas nuevas para descubrir por
qué estos sujetos son propensos a comportamientos violentos. – me dijo, con una
sonrisa satisfecha en los labios.
Hermes
no era especialmente alto, por no decir que apenas sí llegaba al metro
cincuenta de altura, y tampoco conservaba una forma física que impusiese
respeto por sí misma, pero sin embargo contaba con algo en él que obligaba a
cualquiera a tratarle con un respeto casi supersticioso: poseía una especie de
aura fuerte y decidida que te hacía verle como a alguien realmente grande.
– Es un placer poder colaborar con su trabajo,
profesor De Pont. – dije yo, impresionado y ansioso por ponerme a trabajar.
– Venga por aquí, joven, le enseñaré nuestro
pequeño rincón del paraíso – me dijo con una sonrisa amable en los labios. –
Luego le enseñaré nuestro pedacito de infierno en la tierra. – en esta ocasión,
jamás lo olvidaré, la sonrisa que me mostró era torcida y perversa.
Caminamos
por un pasillo de pulcro color blanco hacia una sala de estar relativamente
amplia donde se encontraban algunos sofás individuales, una televisión, una
mesa redonda y algunas sillas de comedor.
– Esta es nuestra sala de reuniones y
esparcimiento personal – me explicó, señalando con la mano el escaso material
de entretenimiento. – Las habitaciones ya las conoce, ¿no es así?
– Sí, descuide. – aseguré yo, recordando
aquella especie de barracones donde habían varias literas apiladas en un
lateral de la habitación. En el otro una serie de taquillas en fila hacían las
veces de armarios.
– Bien, pasemos por aquí…con cuidado – advirtió
con tono serio mientras abría una enorme puerta metálica con demasiados cierres
como para tranquilizarme. – No se preocupe – sonrió, viéndome el gesto. – no son
para encerrarnos a nosotros, sino para protegernos.
– ¿Protegernos de qué, profesor? – pregunté,
ligeramente incómodo por la situación.
– De los sujetos de estudio, por supuesto. Aquí
tenemos con nosotros media docena de pacientes especialmente violentos que no
dudarían ni un momento lanzarse a por usted para hacerle sabe dios qué
barbaridades, sólo por la perspectiva de un poco de insana…diversión – me advirtió,
mirándome fijamente a los ojos. – Por supuesto pasan aislados buena parte del
día en celdas individuales y tienen supervisión constante para asegurarnos de
que no traten de escapar o atentar con nuestras vidas, pero toda precaución es
poca, joven. He visto a muchos jóvenes y veteranos acabar con algún miembro
roto o mutilado – aseguró con indiferencia. – y puedo decirle, sin temor a
equivocarme, que ellos han sido los más afortunados.
– ¿Afortunados? – pregunté yo, preocupado por
mi propia vida.
– En una ocasión lograron saltar uno de los
cercos de seguridad y se llevaron a una de las celdas a algunos de los miembros
del personal, hombres y mujeres. Preferiría no relatarle cómo acabaron esos
pobres diablos, pero puedo decirle que tardamos varias semanas en limpiar la
habitación por completo – sonrió una vez más. – pero no se preocupe, si se
mantiene alerta y cumple escrupulosamente las recomendaciones que le vayamos
dando no tendrá ningún problema con ellos. Eso sí, no trate de humanizarlos –
me recomendó seriamente. – sé que algunos de los métodos que empleamos aquí
pueden parecer innecesariamente invasivos, o que alguno de ellos puede
convencerle perfectamente de que no usamos anestesia con ellos – sonrió negando
con la cabeza al tiempo que chasqueaba la lengua, divertido. – pero le aseguro
que ninguno de ellos sufre ningún tipo de daño físico o emocional.
– Bueno es saberlo, doctor. – dije yo, sin
saber que me había creído una gran mentira.
Cruzamos
un largo pasillo de color blanco cuyas paredes estaban llenas de manchas
oscuras, de las que no quise preguntar su procedencia, y pronto pude ver las
celdas a las que se refería el profesor De Pont. Como si de la milla verde se
tratase a ambos lados del pasillo pude ver tres habitaciones con puertas de
metal que parecían ser bastante sólidas. Junto a cada una de las puertas se
encontraba una ventana de cristal que permitía ver qué sucedía en cada una de
las habitaciones.
– Son de cristal a prueba de balas, y de espejo
– me explicó el profesor, sin tener que preguntarle. – Así podemos controlar
con mayor facilidad qué sucede dentro de cada jaul…celda sin tener que entrar o
colocar dentro ningún tipo de cámara: las pusimos en dos ocasiones, y ninguna
de ellas duró cuatro horas – sonrió divertido. – Vaya a echar un vistazo si quiere,
pronto pasará parte de su tiempo haciéndolo.
En las
dos primeras habitaciones en las que miré los pacientes no hacían nada fuera de
lo corriente: uno de ellos dormía tranquilo y otro parecía estar escribiendo en
un trozo de papel.
– Ése es nuestro Marqués de Sade particular –
bromeó, junto a mí. – Escribe unos relatos particularmente perturbadores y nada
faltos de imaginación en los que relata con todo lujo de detalles qué le
gustaría hacer con cada uno de nosotros – sonrió. – No se preocupe, en cuanto
escriba sobre usted será el primero en leerlo.
La diversión
e indiferencia con la que Hermes se tomaba todo aquello me repugnaba casi tanto
como la situación en sí misma, por lo que decidí no perder más tiempo observando
a nuestro escritor particular. En la tercera celda que miré uno de los sujetos
se encontraba ejercitándose, en la cuarta y quinta ambos pacientes estaban
masturbándose de forma compulsiva. Pero fue la sexta la que más me desconcertó.
El paciente
se encontraba recostado en la cama mirando hacia el techo sin hacer ningún tipo
de movimiento, hasta que de forma repentina se levantó y se acercó a la ventana
con movimientos ágiles. Observó en silencio su propio reflejo hasta que sus
ojos encontraron el lugar exacto con los míos y los clavó en ellos, esbozando
una lenta y afilada sonrisa que no me había gustado nada.
– Es como si supiese que se encuentra ahí,
¿verdad? – me susurró Hermes, sobresaltándome. Había algo en la mirada del
paciente que me obligaba a mirarlo fijamente. – le mira a los ojos, aunque es
imposible que sepa dónde se encuentra usted con exactitud.
– Es…fascinante, sin duda – asentí yo, sin
poder quitarle la mirada de encima.
– Continuemos. – ordenó con tono bajo pero
autoritario, sacándome de la ensoñación en la que me encontraba.
Avanzamos
por el pasillo hasta cruzarlo finalmente, jamás me he alegrado tanto de
abandonar una estancia, y llegamos a una gran sala llena de instrumental
médico. La habitación estaba separada en dos por una pared con otra puerta
metálica y una nueva ventana en la que nos reflejábamos.
– Tras esa puerta se encuentra la sala de
observación junto al equipo electrónico. Por razones obvias lo hemos tenido que
separar del acceso a esta sala para evitar que los pacientes accedan a él.
– Comprendo. – asentí yo, aturdido.
– Venga conmigo. Vamos a comenzar con una de
las sesiones de control con un paciente. Estará más seguro a este lado de la
habitación – sonrió. – de momento éste será su trabajo: observar y analizar los
datos que consigamos de cada paciente. Más adelante, si demuestra ser apto,
podrá participar en los procesos de investigación.
– Claro, doctor. – asentí yo, sin perder tiempo
para entrar en la sala segura. No quería, bajo ningún concepto, permanecer en
una habitación con uno de esos pacientes, especialmente si se trataba del
ocupante de la sexta habitación.
El paciente
fue trasladado al interior de la habitación por dos celadores de aspecto
realmente impresionante: altos y fuertes, parecían ser capaces de derribar a un
toro con sus propias manos.
– No se deje engañar – susurró Hermes, mirando
el proceso. – Si el paciente quisiera se los quitaría de encima con relativa
facilidad. La locura parece proporcionar una fuerza sobrehumana, o una
tolerancia al dolor excesiva.
Sin embargo
el paciente casi había entrado por sus propios medios en la habitación y nos
había dedicado una sonrisa bobalicona, pese a no poder vernos.
– ¿Está el nuevo ahí dentro? – preguntó. Se trataba
del “escritor”. – Quiero verle la cara – pidió con buenos modales. – quiero
verle para poder imaginar qué destino sufrirá bajo mi pluma. – sonrió una vez
más mientras era atado a la camilla. – ¡Quiero verle, quiero verle ahora! –
exigió, tratando de soltarse.
– Como ya le he dicho, nunca se fíe de ellos –
repitió el doctor, acercándose a la puerta. – parecen ser personas normales y
tranquilas, pero bajo esa apariencia se esconde un mar de violencia.
De Pont
entró en la habitación sin pensárselo dos veces y se acercó al paciente con
tranquilidad mientras se colocaba los guantes de látex.
– ¡Quiero ver al nuevo, doctor, quiero verle! –
gritó, tratando de soltarse de nuevo.
– Cállese – ordenó Hermes sin inmutarse. – No está
aquí para exigir nada, sino para ser tratado.
– ¡Pero quiero verle! – insistió.
El profesor
se inclinó hacia el paciente y pareció susurrarle algo. Algo que no pude
escuchar, pero que tiempo después supe qué había sido.
– Pronto. – susurró al paciente, y éste sonrió
ampliamente y miró hacia el cristal, relamiéndose. Aquél gesto hizo que me
estremeciera. – Bueno, veamos dónde se oculta la raíz del mal. – canturreó contento,
Hermes.
Rebuscó
entre el material médico hasta sacar unos electrodos que no tardó en colocar
sobre las sienes del paciente y su pecho.
– Prueba de shock, primer intento. – dijo mirándome
a los ojos antes de accionar el botón.
No sé
de qué intensidad había sido la descarga, pero pude comprobar que al paciente
se le había tensado el cuerpo por completo, y lanzaba aullidos de dolor. Traté de
refugiarme en las palabras de Hermes que aseguraban que estaba fingiendo.
– Dime, ¿qué sientes? – preguntó el profesor al
paciente.
– ¡Ganas de arrancarte la garganta con las
uñas, bastardo! – aulló el paciente, sonriendo.
De Pont
accionó una vez más el dispositivo, que producía un ruido característico, y en
esta ocasión lo mantuvo activo más tiempo del necesario. Juro que llegué a oler
la carne del paciente quemándose.
– ¿Qué sientes? – insistió.
Como el
paciente no respondió volvió a aplicar la misma corriente eléctrica, aunque
esta vez durante menos tiempo. Durante todo el proceso, que duró casi una hora,
el paciente no dejó de convulsionarse y aullar. Temí por su vida, pero no me
atreví a intervenir.
– Esta noche las musas del dolor no me
visitarán a mí, doctor – sonrió de medio lado, con la boca torcida por el
dolor, el paciente. – Esta noche las musas irán a verte a ti, te lo prometo. Y te
proporcionarán un auténtico baño de inspiración... – primero sonrió, luego
rompió a reír.
Pronto
todo el pabellón rió con él. Las risas me golpeaban, prometiendo que el
paciente no mentía.