Mostrando entradas con la etiqueta médico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta médico. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de julio de 2014

Distopía: Profesor Ernest Francis Johnson

Doctor Ernest Francis Johnson.
¿Qué ven los demás?

    El hombre del que estoy a punto de hablarte ha sido el creador de algunas de mis pesadillas más horrendas desde que trabajé con él. Francis Johnson es un reputado oftalmólogo con una única meta profesional en la vida: descubrir qué es exactamente lo que registra el ojo humano, antes de llegar al cerebro. Para resumirlo de forma breve: quiere saber qué percibe el ojo sin que el cerebro lo transforme en información entendible para nosotros.
    ¿Imposible? Desde luego, todo el mundo comprende lo ridículo del asunto: no podemos comprender algo que veamos si nuestro cerebro no lo procesa previamente, pero el jefe de oftalmología de la isla cree que esto no son más que auténticas estupideces sin sentido.
– Es precisamente por este proceso de alteración del cerebro por lo que no comprendemos la realidad que realmente nos rodea, Straw – me dijo en una ocasión, con aire serio.
– Pero, doctor, si el cerebro no procesa la información que recibimos, ¿cómo podemos comprenderla? – pregunté yo tratando de no enfadarle (pronto aprendería que no era la mejor idea del mundo hacerlo). – Quiero decir, es imposible que aislemos la información que registran nuestros ojos de nuestro cerebro, pues este es el mismo que la procesará más adelante para que podamos entender qué estamos viendo.
    Sonrió de medio lado y me dio un leve golpe en la espalda, negando con la cabeza.
– Eres como todos en esta isla, Straw. Piensas que pretendo analizar una información sin usar el cerebro, y no hay nada más lejos de mis intenciones – me dijo, dirigiéndose hacia una de las salidas de la sala de reunión del equipo de oftalmología. – Es una lástima, tenía ciertas esperanzas depositadas en ti, pero veo que no eres más que otro ignorante que se limita a ver lo evidente, sin pararte a analizar mis propias palabras.
– ¿Pero…? – intenté seguirle, pero una de las ayudantes del doctor me retuvo por el brazo, negando con la cabeza.
– Ahora está enfadado, y lo último que debes hacer es ir a importunarle más aún – me sonrió. – Mi nombre es Anna.
– Yo soy Anthony. – dije yo, tendiéndole la mano.
    Los días pasaban y no tenía noticias de Johnson, lo cual comenzaba a preocuparme: se suponía que yo estaba bajo sus órdenes, pero él no aparecía por ninguna parte y yo tenía miedo de meter la pata con algún estudio (como ya he dicho, mi especialidad no es precisamente el estudio de los ojos), por lo que no quería arriesgarme a iniciar ningún “experimento” ni ninguna tarea sin la supervisión del jefe de investigación. Lamentablemente, apareció una tarde en la sala de ocio y se acercó a mí sin perder tiempo.
– Ah, está aquí, al fin le encuentro. – me dijo con tono apremiante.
– ¿Perdone? – pregunté yo, desconcertado.
– ¡Llevo horas buscándole! – exclamó, fuera de sí. – Pensaba que usted había sido enviado aquí como ayudante de investigación y no como un vago.
– Bueno, sí… – asentí yo, sin creer lo que estaba pasando: me estaba riñendo por haber esperado durante su ausencia. – Pero le recuerdo que ésta no es mi especialidad, doctor Johnson. Yo he venido aquí como ayudante de investigación mientras el doctor Crown comienza un nuevo proyecto en el que pueda participar. A decir verdad, no sé exactamente qué espera usted de mí.
– Usted es psiquiatra, doctor Straw – me dijo con una sonrisa satisfecha en los labios. Era el primero en usar el título para referirse a mí, y debo admitir que eso me gustó. – Y necesito de sus conocimientos para que registre cómo afectan al cerebro humano las investigaciones que tenemos entre manos aquí, y cómo podría eso afectar al subconsciente.
    Subconsciente. La palabra que todo psiquiatra quiere oír, el santo grial de los médicos de mi rama: nadie ha logrado jamás desvelar el funcionamiento del subconsciente humano o cómo afecta este al comportamiento de cada individuo, al menos no de forma demasiado efectiva. Escuchar que mis labores podrían hacernos entender algo mejor el funcionamiento de la psique humana fue más que suficiente para que me pusiera en marcha de un salto, olvidando todo lo que había visto y oído hasta la fecha en la isla.
– ¿Qué clase de investigación está llevando a cabo en este momento, doctor Johnson? – pregunté, de camino hacia los laboratorios.
– En este momento estamos llevando a cabo la primera fase de la prueba: recolectar la serie de imágenes que registran los ojos, antes de llevarlas al cerebro para que éste las procese. Como le dije en un primer momento, sin que usted me entendiese demasiado bien, lo que estamos buscando ahora es registrar las imágenes que reciben los globos oculares y proyectarlos en una pantalla con la esperanza de que, durante décimas de segundo, podamos percibir cómo vemos realmente el mundo.
– ¿Pretende decirme que lo que está intentando es retrasar la recepción de las imágenes hacia el cerebro, con tal de que intentemos ver qué percibe realmente el ojo? – pregunté yo, incapaz de creer que aquél maldito imbécil no fuese capaz de comprender que sería nuestro cerebro, y no el de los pacientes, el que acabara procesando la imagen y que, por este motivo, su experimento no tenía sentido ser llevado a cabo. Sin embargo me avergüenza reconocer que seguía embelesado con la idea de comprender el subconsciente, por lo que en ese momento no pude responder nada.
    Esa fue la primera vez que pude ver, por irónico que parezca, con mis propios ojos, uno de los experimentos crueles y sin sentido que se realizan prácticamente a diario en esta maldita isla llena de locos, y al doctor Johnson no parecía importarle demasiado mi expresión de absoluto terror.
    El “laboratorio” no era más que una habitación de quince metros de ancho y largo llena de camillas donde había cuatro pacientes tumbados. Junto a cada una de las camillas, sobre una mesa cuidadosamente colocados, cuatro ordenadores que procesaban la información.
    Los pacientes estaban atados por media docena de correas de cuero cada uno, y tenían varios electrodos colocados a lo largo del cuerpo: en el pecho, brazos, piernas, cabeza. Pero lo peor era lo que tenían en los ojos: aquello no era ningún tipo de electrodo que yo conociese. Con curiosidad me acerqué a uno de ellos para descubrir, con horror, que se trataba de algún tipo de aguja que tenían clavadas en las córneas.
– ¿Pero…qué diablos es todo esto? – pregunté, llevándome las manos a la cabeza, girándome para encararme con Johnson.
    Éste se limitó a mirarme y luego al paciente.
– Instrumental médico, por supuesto – respondió con sencillez. – Nos sirven para llevar a cabo el registro y grabación de la información que reciben los ojos, por supuesto.
– ¡Pero esto es una locura! – grité yo, señalando a los pacientes. – ¿Acaso no ve que están llevando a cabo un proceso invasivo y doloroso?
– Ellos están aquí de forma voluntaria, doctor Straw – me respondió con la misma tranquilidad.
– Ah, ¿sí? – pregunté yo negando con la cabeza. – ¿Y a qué se deben las correas, doctor?
– Impiden que los sujetos escapen, por supuesto – me respondió con un encogimiento de hombros. – Como ya le habrá informado el doctor Crown al llegar aquí, estos sujetos son criminales peligrosos para la sociedad, toda medida de seguridad es poca, ¿no le parece?
– ¿Y no le parece un poco arriesgado torturar a alguien que resulta ser peligroso, doctor? – pregunté yo, cruzándome de brazos.
– Oh, por favor, no sea ridículo. Los pacientes están sedados en todo momento. ¿Qué clase de monstruos cree que somos, doctor? – me preguntó, ofendido. – Para la investigación que llevamos a cabo es completamente irrelevante que el paciente tenga completa lucidez sobre lo que le rodea… ¿o quizá no? – susurró para sí, abstrayéndose.

    En ese momento no lo supe, pero por mi culpa el doctor Johnson no tardó en eliminar la anestesia a sus pacientes. 

jueves, 17 de julio de 2014

La raíz del mal.

Hace unos días inauguré en mi perfil de Wattpad una serie de relatos médicos que iré llenando poco a poco. Aquí os dejo el primero para intentar engancharos :P podéis ver mi página de wattpad en: http://www.wattpad.com/user/AdrianGarciaPerez



La raíz del mal

    A pesar de haber sido contratado por el profesor Crown como su ayudante de laboratorio personal me costó mucho tiempo y esfuerzo llegar a formar parte de su equipo médico. No lo supe hasta mucho tiempo después, pero el profesor desconfiaba de mí y de mi forma de reaccionar ante los enfermizos proyectos que se llevaban a cabo en la isla, por lo que me había enviado a colaborar en proyectos de menor intensidad. Fue de esta manera como conocí al doctor Hermes De Pont, que se especializaba en las conductas violentas en los pacientes que no presentaban ningún tipo de desorden mental aparente.
– Pase, pase. Usted debe ser el joven Straw, ¿no es así? Bien, necesitamos sangre joven e ideas nuevas para descubrir por qué estos sujetos son propensos a comportamientos violentos. – me dijo, con una sonrisa satisfecha en los labios.
    Hermes no era especialmente alto, por no decir que apenas sí llegaba al metro cincuenta de altura, y tampoco conservaba una forma física que impusiese respeto por sí misma, pero sin embargo contaba con algo en él que obligaba a cualquiera a tratarle con un respeto casi supersticioso: poseía una especie de aura fuerte y decidida que te hacía verle como a alguien realmente grande.
– Es un placer poder colaborar con su trabajo, profesor De Pont. – dije yo, impresionado y ansioso por ponerme a trabajar.
– Venga por aquí, joven, le enseñaré nuestro pequeño rincón del paraíso – me dijo con una sonrisa amable en los labios. – Luego le enseñaré nuestro pedacito de infierno en la tierra. – en esta ocasión, jamás lo olvidaré, la sonrisa que me mostró era torcida y perversa.
    Caminamos por un pasillo de pulcro color blanco hacia una sala de estar relativamente amplia donde se encontraban algunos sofás individuales, una televisión, una mesa redonda y algunas sillas de comedor.
– Esta es nuestra sala de reuniones y esparcimiento personal – me explicó, señalando con la mano el escaso material de entretenimiento. – Las habitaciones ya las conoce, ¿no es así?
– Sí, descuide. – aseguré yo, recordando aquella especie de barracones donde habían varias literas apiladas en un lateral de la habitación. En el otro una serie de taquillas en fila hacían las veces de armarios.
– Bien, pasemos por aquí…con cuidado – advirtió con tono serio mientras abría una enorme puerta metálica con demasiados cierres como para tranquilizarme. – No se preocupe – sonrió, viéndome el gesto. – no son para encerrarnos a nosotros, sino para protegernos.
– ¿Protegernos de qué, profesor? – pregunté, ligeramente incómodo por la situación.
– De los sujetos de estudio, por supuesto. Aquí tenemos con nosotros media docena de pacientes especialmente violentos que no dudarían ni un momento lanzarse a por usted para hacerle sabe dios qué barbaridades, sólo por la perspectiva de un poco de insana…diversión – me advirtió, mirándome fijamente a los ojos. – Por supuesto pasan aislados buena parte del día en celdas individuales y tienen supervisión constante para asegurarnos de que no traten de escapar o atentar con nuestras vidas, pero toda precaución es poca, joven. He visto a muchos jóvenes y veteranos acabar con algún miembro roto o mutilado – aseguró con indiferencia. – y puedo decirle, sin temor a equivocarme, que ellos han sido los más afortunados.
– ¿Afortunados? – pregunté yo, preocupado por mi propia vida.
– En una ocasión lograron saltar uno de los cercos de seguridad y se llevaron a una de las celdas a algunos de los miembros del personal, hombres y mujeres. Preferiría no relatarle cómo acabaron esos pobres diablos, pero puedo decirle que tardamos varias semanas en limpiar la habitación por completo – sonrió una vez más. – pero no se preocupe, si se mantiene alerta y cumple escrupulosamente las recomendaciones que le vayamos dando no tendrá ningún problema con ellos. Eso sí, no trate de humanizarlos – me recomendó seriamente. – sé que algunos de los métodos que empleamos aquí pueden parecer innecesariamente invasivos, o que alguno de ellos puede convencerle perfectamente de que no usamos anestesia con ellos – sonrió negando con la cabeza al tiempo que chasqueaba la lengua, divertido. – pero le aseguro que ninguno de ellos sufre ningún tipo de daño físico o emocional.
– Bueno es saberlo, doctor. – dije yo, sin saber que me había creído una gran mentira.
    Cruzamos un largo pasillo de color blanco cuyas paredes estaban llenas de manchas oscuras, de las que no quise preguntar su procedencia, y pronto pude ver las celdas a las que se refería el profesor De Pont. Como si de la milla verde se tratase a ambos lados del pasillo pude ver tres habitaciones con puertas de metal que parecían ser bastante sólidas. Junto a cada una de las puertas se encontraba una ventana de cristal que permitía ver qué sucedía en cada una de las habitaciones.
– Son de cristal a prueba de balas, y de espejo – me explicó el profesor, sin tener que preguntarle. – Así podemos controlar con mayor facilidad qué sucede dentro de cada jaul…celda sin tener que entrar o colocar dentro ningún tipo de cámara: las pusimos en dos ocasiones, y ninguna de ellas duró cuatro horas – sonrió divertido. – Vaya a echar un vistazo si quiere, pronto pasará parte de su tiempo haciéndolo.
    En las dos primeras habitaciones en las que miré los pacientes no hacían nada fuera de lo corriente: uno de ellos dormía tranquilo y otro parecía estar escribiendo en un trozo de papel.
– Ése es nuestro Marqués de Sade particular – bromeó, junto a mí. – Escribe unos relatos particularmente perturbadores y nada faltos de imaginación en los que relata con todo lujo de detalles qué le gustaría hacer con cada uno de nosotros – sonrió. – No se preocupe, en cuanto escriba sobre usted será el primero en leerlo.
    La diversión e indiferencia con la que Hermes se tomaba todo aquello me repugnaba casi tanto como la situación en sí misma, por lo que decidí no perder más tiempo observando a nuestro escritor particular. En la tercera celda que miré uno de los sujetos se encontraba ejercitándose, en la cuarta y quinta ambos pacientes estaban masturbándose de forma compulsiva. Pero fue la sexta la que más me desconcertó.
    El paciente se encontraba recostado en la cama mirando hacia el techo sin hacer ningún tipo de movimiento, hasta que de forma repentina se levantó y se acercó a la ventana con movimientos ágiles. Observó en silencio su propio reflejo hasta que sus ojos encontraron el lugar exacto con los míos y los clavó en ellos, esbozando una lenta y afilada sonrisa que no me había gustado nada.
– Es como si supiese que se encuentra ahí, ¿verdad? – me susurró Hermes, sobresaltándome. Había algo en la mirada del paciente que me obligaba a mirarlo fijamente. – le mira a los ojos, aunque es imposible que sepa dónde se encuentra usted con exactitud.
– Es…fascinante, sin duda – asentí yo, sin poder quitarle la mirada de encima.
– Continuemos. – ordenó con tono bajo pero autoritario, sacándome de la ensoñación en la que me encontraba.
    Avanzamos por el pasillo hasta cruzarlo finalmente, jamás me he alegrado tanto de abandonar una estancia, y llegamos a una gran sala llena de instrumental médico. La habitación estaba separada en dos por una pared con otra puerta metálica y una nueva ventana en la que nos reflejábamos.
– Tras esa puerta se encuentra la sala de observación junto al equipo electrónico. Por razones obvias lo hemos tenido que separar del acceso a esta sala para evitar que los pacientes accedan a él.
– Comprendo. – asentí yo, aturdido.
– Venga conmigo. Vamos a comenzar con una de las sesiones de control con un paciente. Estará más seguro a este lado de la habitación – sonrió. – de momento éste será su trabajo: observar y analizar los datos que consigamos de cada paciente. Más adelante, si demuestra ser apto, podrá participar en los procesos de investigación.
– Claro, doctor. – asentí yo, sin perder tiempo para entrar en la sala segura. No quería, bajo ningún concepto, permanecer en una habitación con uno de esos pacientes, especialmente si se trataba del ocupante de la sexta habitación.
    El paciente fue trasladado al interior de la habitación por dos celadores de aspecto realmente impresionante: altos y fuertes, parecían ser capaces de derribar a un toro con sus propias manos.
– No se deje engañar – susurró Hermes, mirando el proceso. – Si el paciente quisiera se los quitaría de encima con relativa facilidad. La locura parece proporcionar una fuerza sobrehumana, o una tolerancia al dolor excesiva.
    Sin embargo el paciente casi había entrado por sus propios medios en la habitación y nos había dedicado una sonrisa bobalicona, pese a no poder vernos.
– ¿Está el nuevo ahí dentro? – preguntó. Se trataba del “escritor”. – Quiero verle la cara – pidió con buenos modales. – quiero verle para poder imaginar qué destino sufrirá bajo mi pluma. – sonrió una vez más mientras era atado a la camilla. – ¡Quiero verle, quiero verle ahora! – exigió, tratando de soltarse.
– Como ya le he dicho, nunca se fíe de ellos – repitió el doctor, acercándose a la puerta. – parecen ser personas normales y tranquilas, pero bajo esa apariencia se esconde un mar de violencia.
    De Pont entró en la habitación sin pensárselo dos veces y se acercó al paciente con tranquilidad mientras se colocaba los guantes de látex.
– ¡Quiero ver al nuevo, doctor, quiero verle! – gritó, tratando de soltarse de nuevo.
– Cállese – ordenó Hermes sin inmutarse. – No está aquí para exigir nada, sino para ser tratado.
– ¡Pero quiero verle! – insistió.
    El profesor se inclinó hacia el paciente y pareció susurrarle algo. Algo que no pude escuchar, pero que tiempo después supe qué había sido.
– Pronto. – susurró al paciente, y éste sonrió ampliamente y miró hacia el cristal, relamiéndose. Aquél gesto hizo que me estremeciera. – Bueno, veamos dónde se oculta la raíz del mal. – canturreó contento, Hermes.
    Rebuscó entre el material médico hasta sacar unos electrodos que no tardó en colocar sobre las sienes del paciente y su pecho.
– Prueba de shock, primer intento. – dijo mirándome a los ojos antes de accionar el botón.
    No sé de qué intensidad había sido la descarga, pero pude comprobar que al paciente se le había tensado el cuerpo por completo, y lanzaba aullidos de dolor. Traté de refugiarme en las palabras de Hermes que aseguraban que estaba fingiendo.
– Dime, ¿qué sientes? – preguntó el profesor al paciente.
– ¡Ganas de arrancarte la garganta con las uñas, bastardo! – aulló el paciente, sonriendo.
    De Pont accionó una vez más el dispositivo, que producía un ruido característico, y en esta ocasión lo mantuvo activo más tiempo del necesario. Juro que llegué a oler la carne del paciente quemándose.
– ¿Qué sientes? – insistió.
    Como el paciente no respondió volvió a aplicar la misma corriente eléctrica, aunque esta vez durante menos tiempo. Durante todo el proceso, que duró casi una hora, el paciente no dejó de convulsionarse y aullar. Temí por su vida, pero no me atreví a intervenir.
– Esta noche las musas del dolor no me visitarán a mí, doctor – sonrió de medio lado, con la boca torcida por el dolor, el paciente. – Esta noche las musas irán a verte a ti, te lo prometo. Y te proporcionarán un auténtico baño de inspiración... – primero sonrió, luego rompió a reír.
    Pronto todo el pabellón rió con él. Las risas me golpeaban, prometiendo que el paciente no mentía. 

viernes, 21 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [27]

    Subió las escaleras de metal que llevaban al piso superior de la galería para ver qué diablos estaba ocurriendo, temiéndose lo peor en cuanto a Dalia.

- Quizá haya sufrido una especie de ataque, o una crisis traumática. Las posibilidades son…innumerables. – pensaba, subiendo los escalones de dos en dos. En el mismo momento en que miraba por la ventana de la puerta deseó que hubiese sido una enfermera, y no él, quien hubiese acudido a la galería. – Cielo santo, ¡está…! – no se atrevió a pronunciar palabra. Se apresuró a abrir la puerta de la habitación, a causa del pulso tembloroso no pudo evitar que se le cayeran las llaves en dos ocasiones. Estaba de prácticas en aquél maldito centro, a decir verdad aún continuaba en la facultad, no estaba preparado para el fallecimiento de un paciente. – ¡Maldita sea, Gerard, cálmate! Eres un profesional, puedes hacer frente a cualquier situación que se te ponga delante, ¿no? Venga, demuestra que sabes lo que estás haciendo. – se dijo tratando de recuperar la calma pero resultaba imposible, no estaba preparado para todo aquello. Cerró los ojos tomando aire, consciente de que cuanto más tiempo perdiese presa del pánico menos posibilidades tendría la paciente de escapar con vida. Cuando por fin abrió la puerta corrió a toda prisa hacia Ella, que se encontraba tendida en el suelo. – De acuerdo, de acuerdo, ¿cómo tengo que proceder? Calma, calma. Recuerda lo que pone en el proceso… ¡maldita sea! ¿Por qué tiene que tocarme a mí? – de nuevo trató de mantener la calma y volvió a cerrar los ojos. Se concentró en mantener una respiración y tranquila, sabía que aunque pareciese lo contrario estaba ganando tiempo. – Vale, está bien. Ya estoy preparado para lo que sea. – se dijo, plenamente convencido.

    Sin embargo al abrir los ojos descubrió, con una mezcla de horror y alivio, que Dalia ya no se encontraba en la habitación y que él estaba encerrado en ella. Fue un horror pues sintió el peso de la claustrofobia hundirse en él, imaginando cómo las paredes se acercaban de forma lenta para aplastarle, pero un alivio ya que Ella había abierto las habitaciones de las otras pacientes, que ahora deambulaban por la galería, y de esa manera él estaría a salvo allí, lejos de ellas.

- Espero haberme acordado de cerrar la puerta de seguridad. -  susurró, buscando las llaves en los bolsillos. No estaban, Ella las había robado. – Genial, genial. – suspiró, cerrando los ojos. – Soy un completo estúpido, ¿ahora cómo se supone que voy a dar la alarma? – negó con la cabeza antes de golpearse con esta en la pared repetidas veces. – ¡Soy un maldito imbécil! – exclamó.

    En la galería las pacientes corrían y gritaban, felices, en busca de la libertad que Ella les había prometido sin abrir la boca. Ella las usaría para que distrajesen a los empleados del centro mientras escapaba sin problemas. No obstante algunas se habían quedado  y ahora trataban de abrir la puerta donde se encontraba recluido el médico, que trataba de refugiarse asustado en una esquina. Ahora comprendía lo que se sentía estando al otro lado de la puerta, siendo observado como un bicho en una pecera; quería salir de allí, no quería volver a un centro psiquiátrico jamás.
    Afortunadamente los gritos alertaron a los celadores del edificio, que no tardaron en tratar de poner orden a toda aquella locura. Poco a poco conseguían tranquilizarlas y hacerlas volver hacia sus habitaciones, pero no tardaron en descubrir que Gerard, el médico en prácticas, estaba encerrado en una de las habitaciones.

- ¿Qué ha pasado? – preguntó uno de ellos, mirándolo con una mezcla de diversión y preocupación.
- Se han escapado. – dijo él con voz avergonzada, sin mirarlos a la cara. – Yo...me ha engañado, Ella, ha sido Ella. Fingió sufrir un ataque y yo fui a ver cómo se encontraba, pero me robó las llaves y me encerró aquí. – explicó a la defensiva.
- De acuerdo, tenemos que encontrarla. – respondió el hombre con voz más suave.
- ¿Encontrarla? – exclamó, incrédulo. – ¡Me ha herido! – señaló los golpes que él mismo se había dado en la cabeza.
- Sí, doctor. Eso son gajes del oficio. ¿Qué esperaba? No puede pretender trabajar aquí sin arriesgarse a nada, no puede culparla; Ella simplemente hace lo que cree. – explicó el hombre, dándole una auténtica lección.

- Está bien, supongo. – asintió, avergonzado. 

sábado, 8 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [14]

DALIA:

    Los sueños habían volado a través de su mente, llevando consigo los recuerdos del pasado; unos recuerdos que jamás serían recordados durante más tiempo que el del propio sueño. Cuando despertó se sintió una vez más desorientada y perdida, incapaz de ubicarse en un espacio lógico o conocido. Cuando abrió los ojos no pudo salir de su asombro cuando se percató de que estaba en una habitación acolchada.
    El miedo acudió a Ella cuando vio que no estaba sola en la habitación. Había junto a su cama una mujer de aspecto nervioso y asustado y un hombre de mediana edad, con barba recortada y mirada amable.

- Buenos días, Dalia. – dijo el hombre con una sonrisa afable en los labios. - ¿Has dormido bien? – preguntó sin moverse, no quería que se sintiese acorralada, aunque ya se sentía así.
- ¿Dónde estoy? – preguntó mirando hacia la puerta, buscando una salida a aquella trampa en la que se había despertado. - ¿Qué es este lugar? – preguntó comenzando a sentir que el miedo se volvía palpable.
- Tranquilízate, por favor. – respondió el médico, esbozando una nueva sonrisa. – Estás a salvo, entre amigos. Este lugar es nuestra humilde casa.
- ¿Casa? – repitió Ella, incrédula. - ¿Qué clase de casa es esta? – se puso en pie de un salto, observando la reacción de aquellos dos que le cerraban el paso.

    El médico permaneció quieto en el sitio sin mostrar ningún tipo de reacción especial, pero la enfermera dio dos pasos hacia atrás de forma inconsciente. La forma de su cara le resultaba familiar, aunque no podía decir por qué. Las preguntas llegaban a su mente sin freno, y tenía la impresión de que no llegarían respuestas.

- Bueno, es una casa un poco especial. – admitió el médico sonriendo un poco, encogiéndose de hombros. – Pero en este sitio hay gente especial, como tú, que tiene algunas necesidades especiales, ¿comprendes lo que quiero decirte?
- No. – respondió de forma seca y directa. – Quiero respuestas, y las quiero ahora.
- Tienes que aprender a tener un poco de paciencia, Dalia. – pidió el médico con tono paciente. – Comprendemos que no sepas dónde estás ni cómo has llegado aquí, y vamos a responder a tus preguntas, pero tienes que darnos un poco de tiempo para poder explicarlo. – el tono que empezaba era el de un padre que aleccionaba a un niño, ese tono no le gustó.
- ¿Cómo se sentiría usted si se despertase en un sitio como este, sin recordar nada? – preguntó Ella con tono desafiante.
- Exactamente igual que tú. – asintió con calma. – Pero guardaría silencio cuando las personas que quieren responder empezaran a hablar. – sonrió.

    Durante apenas un breve segundo sintió el deseo de lanzarse sobre aquél médico para arrancarle la garganta a mordiscos, segura de que no podía ser real. Nadie sonreía tanto y tan estúpidamente como aquél tipo. No sabía quién era o qué hacía, pero no le gustaba en absoluto; a decir verdad nada de todo aquello le gustaba.

- ¿Estás bien? ¿Qué está pasando? – preguntó en su mente una voz muy parecida a la suya. Aquella voz fue como un bálsamo de calma y de paz, se relajó casi de inmediato. Conocía esa voz, la conocía a ella.
- No lo sé, no me acuerdo de nada. Me he despertado en una habitación extraña y me he encontrado con dos personas muy raras. ¿Quiénes son? – preguntó, esperanzada.
- No lo sé, no recuerdo nada anterior a mi llegada aquí. – respondió con pena.
- ¿Lo ve, doctor? – susurró la enfermera. – Ya empieza otra vez, se ha vuelto a encerrar en una especie de mundo aparte…y no es buena idea molestarla, se vuelve violenta.
- Lo veo, sí. – asintió el médico ajustándose las gafas en la cara. – Es muy interesante, - susurró, absorto. - ¿alguien ha tomado nota ya de este cambio repentino en la conducta?

- No, doctor. Nadie se atreve a entrar aquí.