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jueves, 17 de julio de 2014

La raíz del mal.

Hace unos días inauguré en mi perfil de Wattpad una serie de relatos médicos que iré llenando poco a poco. Aquí os dejo el primero para intentar engancharos :P podéis ver mi página de wattpad en: http://www.wattpad.com/user/AdrianGarciaPerez



La raíz del mal

    A pesar de haber sido contratado por el profesor Crown como su ayudante de laboratorio personal me costó mucho tiempo y esfuerzo llegar a formar parte de su equipo médico. No lo supe hasta mucho tiempo después, pero el profesor desconfiaba de mí y de mi forma de reaccionar ante los enfermizos proyectos que se llevaban a cabo en la isla, por lo que me había enviado a colaborar en proyectos de menor intensidad. Fue de esta manera como conocí al doctor Hermes De Pont, que se especializaba en las conductas violentas en los pacientes que no presentaban ningún tipo de desorden mental aparente.
– Pase, pase. Usted debe ser el joven Straw, ¿no es así? Bien, necesitamos sangre joven e ideas nuevas para descubrir por qué estos sujetos son propensos a comportamientos violentos. – me dijo, con una sonrisa satisfecha en los labios.
    Hermes no era especialmente alto, por no decir que apenas sí llegaba al metro cincuenta de altura, y tampoco conservaba una forma física que impusiese respeto por sí misma, pero sin embargo contaba con algo en él que obligaba a cualquiera a tratarle con un respeto casi supersticioso: poseía una especie de aura fuerte y decidida que te hacía verle como a alguien realmente grande.
– Es un placer poder colaborar con su trabajo, profesor De Pont. – dije yo, impresionado y ansioso por ponerme a trabajar.
– Venga por aquí, joven, le enseñaré nuestro pequeño rincón del paraíso – me dijo con una sonrisa amable en los labios. – Luego le enseñaré nuestro pedacito de infierno en la tierra. – en esta ocasión, jamás lo olvidaré, la sonrisa que me mostró era torcida y perversa.
    Caminamos por un pasillo de pulcro color blanco hacia una sala de estar relativamente amplia donde se encontraban algunos sofás individuales, una televisión, una mesa redonda y algunas sillas de comedor.
– Esta es nuestra sala de reuniones y esparcimiento personal – me explicó, señalando con la mano el escaso material de entretenimiento. – Las habitaciones ya las conoce, ¿no es así?
– Sí, descuide. – aseguré yo, recordando aquella especie de barracones donde habían varias literas apiladas en un lateral de la habitación. En el otro una serie de taquillas en fila hacían las veces de armarios.
– Bien, pasemos por aquí…con cuidado – advirtió con tono serio mientras abría una enorme puerta metálica con demasiados cierres como para tranquilizarme. – No se preocupe – sonrió, viéndome el gesto. – no son para encerrarnos a nosotros, sino para protegernos.
– ¿Protegernos de qué, profesor? – pregunté, ligeramente incómodo por la situación.
– De los sujetos de estudio, por supuesto. Aquí tenemos con nosotros media docena de pacientes especialmente violentos que no dudarían ni un momento lanzarse a por usted para hacerle sabe dios qué barbaridades, sólo por la perspectiva de un poco de insana…diversión – me advirtió, mirándome fijamente a los ojos. – Por supuesto pasan aislados buena parte del día en celdas individuales y tienen supervisión constante para asegurarnos de que no traten de escapar o atentar con nuestras vidas, pero toda precaución es poca, joven. He visto a muchos jóvenes y veteranos acabar con algún miembro roto o mutilado – aseguró con indiferencia. – y puedo decirle, sin temor a equivocarme, que ellos han sido los más afortunados.
– ¿Afortunados? – pregunté yo, preocupado por mi propia vida.
– En una ocasión lograron saltar uno de los cercos de seguridad y se llevaron a una de las celdas a algunos de los miembros del personal, hombres y mujeres. Preferiría no relatarle cómo acabaron esos pobres diablos, pero puedo decirle que tardamos varias semanas en limpiar la habitación por completo – sonrió una vez más. – pero no se preocupe, si se mantiene alerta y cumple escrupulosamente las recomendaciones que le vayamos dando no tendrá ningún problema con ellos. Eso sí, no trate de humanizarlos – me recomendó seriamente. – sé que algunos de los métodos que empleamos aquí pueden parecer innecesariamente invasivos, o que alguno de ellos puede convencerle perfectamente de que no usamos anestesia con ellos – sonrió negando con la cabeza al tiempo que chasqueaba la lengua, divertido. – pero le aseguro que ninguno de ellos sufre ningún tipo de daño físico o emocional.
– Bueno es saberlo, doctor. – dije yo, sin saber que me había creído una gran mentira.
    Cruzamos un largo pasillo de color blanco cuyas paredes estaban llenas de manchas oscuras, de las que no quise preguntar su procedencia, y pronto pude ver las celdas a las que se refería el profesor De Pont. Como si de la milla verde se tratase a ambos lados del pasillo pude ver tres habitaciones con puertas de metal que parecían ser bastante sólidas. Junto a cada una de las puertas se encontraba una ventana de cristal que permitía ver qué sucedía en cada una de las habitaciones.
– Son de cristal a prueba de balas, y de espejo – me explicó el profesor, sin tener que preguntarle. – Así podemos controlar con mayor facilidad qué sucede dentro de cada jaul…celda sin tener que entrar o colocar dentro ningún tipo de cámara: las pusimos en dos ocasiones, y ninguna de ellas duró cuatro horas – sonrió divertido. – Vaya a echar un vistazo si quiere, pronto pasará parte de su tiempo haciéndolo.
    En las dos primeras habitaciones en las que miré los pacientes no hacían nada fuera de lo corriente: uno de ellos dormía tranquilo y otro parecía estar escribiendo en un trozo de papel.
– Ése es nuestro Marqués de Sade particular – bromeó, junto a mí. – Escribe unos relatos particularmente perturbadores y nada faltos de imaginación en los que relata con todo lujo de detalles qué le gustaría hacer con cada uno de nosotros – sonrió. – No se preocupe, en cuanto escriba sobre usted será el primero en leerlo.
    La diversión e indiferencia con la que Hermes se tomaba todo aquello me repugnaba casi tanto como la situación en sí misma, por lo que decidí no perder más tiempo observando a nuestro escritor particular. En la tercera celda que miré uno de los sujetos se encontraba ejercitándose, en la cuarta y quinta ambos pacientes estaban masturbándose de forma compulsiva. Pero fue la sexta la que más me desconcertó.
    El paciente se encontraba recostado en la cama mirando hacia el techo sin hacer ningún tipo de movimiento, hasta que de forma repentina se levantó y se acercó a la ventana con movimientos ágiles. Observó en silencio su propio reflejo hasta que sus ojos encontraron el lugar exacto con los míos y los clavó en ellos, esbozando una lenta y afilada sonrisa que no me había gustado nada.
– Es como si supiese que se encuentra ahí, ¿verdad? – me susurró Hermes, sobresaltándome. Había algo en la mirada del paciente que me obligaba a mirarlo fijamente. – le mira a los ojos, aunque es imposible que sepa dónde se encuentra usted con exactitud.
– Es…fascinante, sin duda – asentí yo, sin poder quitarle la mirada de encima.
– Continuemos. – ordenó con tono bajo pero autoritario, sacándome de la ensoñación en la que me encontraba.
    Avanzamos por el pasillo hasta cruzarlo finalmente, jamás me he alegrado tanto de abandonar una estancia, y llegamos a una gran sala llena de instrumental médico. La habitación estaba separada en dos por una pared con otra puerta metálica y una nueva ventana en la que nos reflejábamos.
– Tras esa puerta se encuentra la sala de observación junto al equipo electrónico. Por razones obvias lo hemos tenido que separar del acceso a esta sala para evitar que los pacientes accedan a él.
– Comprendo. – asentí yo, aturdido.
– Venga conmigo. Vamos a comenzar con una de las sesiones de control con un paciente. Estará más seguro a este lado de la habitación – sonrió. – de momento éste será su trabajo: observar y analizar los datos que consigamos de cada paciente. Más adelante, si demuestra ser apto, podrá participar en los procesos de investigación.
– Claro, doctor. – asentí yo, sin perder tiempo para entrar en la sala segura. No quería, bajo ningún concepto, permanecer en una habitación con uno de esos pacientes, especialmente si se trataba del ocupante de la sexta habitación.
    El paciente fue trasladado al interior de la habitación por dos celadores de aspecto realmente impresionante: altos y fuertes, parecían ser capaces de derribar a un toro con sus propias manos.
– No se deje engañar – susurró Hermes, mirando el proceso. – Si el paciente quisiera se los quitaría de encima con relativa facilidad. La locura parece proporcionar una fuerza sobrehumana, o una tolerancia al dolor excesiva.
    Sin embargo el paciente casi había entrado por sus propios medios en la habitación y nos había dedicado una sonrisa bobalicona, pese a no poder vernos.
– ¿Está el nuevo ahí dentro? – preguntó. Se trataba del “escritor”. – Quiero verle la cara – pidió con buenos modales. – quiero verle para poder imaginar qué destino sufrirá bajo mi pluma. – sonrió una vez más mientras era atado a la camilla. – ¡Quiero verle, quiero verle ahora! – exigió, tratando de soltarse.
– Como ya le he dicho, nunca se fíe de ellos – repitió el doctor, acercándose a la puerta. – parecen ser personas normales y tranquilas, pero bajo esa apariencia se esconde un mar de violencia.
    De Pont entró en la habitación sin pensárselo dos veces y se acercó al paciente con tranquilidad mientras se colocaba los guantes de látex.
– ¡Quiero ver al nuevo, doctor, quiero verle! – gritó, tratando de soltarse de nuevo.
– Cállese – ordenó Hermes sin inmutarse. – No está aquí para exigir nada, sino para ser tratado.
– ¡Pero quiero verle! – insistió.
    El profesor se inclinó hacia el paciente y pareció susurrarle algo. Algo que no pude escuchar, pero que tiempo después supe qué había sido.
– Pronto. – susurró al paciente, y éste sonrió ampliamente y miró hacia el cristal, relamiéndose. Aquél gesto hizo que me estremeciera. – Bueno, veamos dónde se oculta la raíz del mal. – canturreó contento, Hermes.
    Rebuscó entre el material médico hasta sacar unos electrodos que no tardó en colocar sobre las sienes del paciente y su pecho.
– Prueba de shock, primer intento. – dijo mirándome a los ojos antes de accionar el botón.
    No sé de qué intensidad había sido la descarga, pero pude comprobar que al paciente se le había tensado el cuerpo por completo, y lanzaba aullidos de dolor. Traté de refugiarme en las palabras de Hermes que aseguraban que estaba fingiendo.
– Dime, ¿qué sientes? – preguntó el profesor al paciente.
– ¡Ganas de arrancarte la garganta con las uñas, bastardo! – aulló el paciente, sonriendo.
    De Pont accionó una vez más el dispositivo, que producía un ruido característico, y en esta ocasión lo mantuvo activo más tiempo del necesario. Juro que llegué a oler la carne del paciente quemándose.
– ¿Qué sientes? – insistió.
    Como el paciente no respondió volvió a aplicar la misma corriente eléctrica, aunque esta vez durante menos tiempo. Durante todo el proceso, que duró casi una hora, el paciente no dejó de convulsionarse y aullar. Temí por su vida, pero no me atreví a intervenir.
– Esta noche las musas del dolor no me visitarán a mí, doctor – sonrió de medio lado, con la boca torcida por el dolor, el paciente. – Esta noche las musas irán a verte a ti, te lo prometo. Y te proporcionarán un auténtico baño de inspiración... – primero sonrió, luego rompió a reír.
    Pronto todo el pabellón rió con él. Las risas me golpeaban, prometiendo que el paciente no mentía.