- No eres el único al que se lo parece, te lo prometo. –
replicó Beaumont con tono irónico.
- Quiero decir… ¿por qué se supone que tenemos que ser
nosotros los que se encarguen, otra vez, de intentar encerrarla? Ya tuve
suficiente con la primera vez que la vi. No necesito una segunda vez para
volverme más loco de lo que ya estamos. – insistió Burche con tono inseguro.
- No hace falta que lo jures, ya veo que te da auténtico
miedo. Sin embargo no has dudado un momento en aliarte con ella para matarme. –
dijo Roldán con una sonrisa divertida en los labios, no había ápice de reproche
en sus palabras.
- Bueno, ya me había cansado de que fueses tú el que se
divertía. – se encogió de hombros sin más. – Pensé que era hora de renovar la
sangre de este sitio, y darle un cambio de imagen. Quizá hubiese sido un bonito
coto de caza privado. – sonrió.
- Tal vez. – asintió Beaumont, convencido. – La verdad es
que hay una buena extensión de terreno hasta cualquier salida, se podrían
organizar unas bonitas y divertidas jornadas de caza.
- Y se harán, no os
preocupéis. Soy yo la que os está cazando en este momento, ¿recordáis? Claro
que lo hacéis. – dijo la voz femenina de la gran bata blanca, aquello les
provocó un escalofrío a ambos.
- Démonos prisa. – susurró Burche.
Se la dieron; tenían
que avanzar hacia el sótano del edificio para poder encontrar la sala de
calderas y buscar la forma de volarla.
No era seguro que con eso lograsen encerrarla, por no decir que no estaban
seguros de que siquiera provocasen un derrumbamiento, pero era la mejor opción
de que disponían.
- Por favor, dime que sólo fuiste tú el que desconectó la
luz. – pidió Beaumont en un susurro.
- Sí, he sido sólo yo, ¿pero qué más da eso? – preguntó
Conrad mirándolo de soslayo sin comprender, cosa que no sorprendió en absoluto
al otro.
- Si pusiste a alguien al cargo de proteger que la luz
estuviese apagada, vamos listos. – respondió Beaumont con tono sarcástico.
- Si hubiese puesto a alguien al cargo de eso, daría
igual. Nos vería llegar a ambos y cumpliría a tus órdenes o las mías. – replicó
Burche con un encogimiento de hombros.
- Si pusiste a alguien al cargo de eso, pedazo de
alcornoque, lo más probable es que ella se hubiese encargado de convencerle de
que nos mate. – dijo Roldán mirándolo fijamente.
- Aunque así fuera, somos dos y él sólo sería uno. –
insistió Burche con otro encogimiento de hombros sencillo.
- A menos que ese hombre hubiese llamado a media docena
más, o incluso a dos docenas. – replicó Beaumont, incapaz de creer lo que
estaba oyendo.
- En cuyo caso no podríamos hacer gran cosa, y acabarían
matándonos o entregándonos a ella. – replicó Burche, cansado. – Por lo que
tampoco tendría mucho sentido preocuparse por eso, ¿no crees? – preguntó ahora
con tono sarcástico él.
- Pues…tienes razón. – asintió, tras un breve silencio.
La risa de la
gran bata blanca volvió a resonar por el pasillo. Avanzaron en silencio entre
aquellas paredes llenas de pintadas y dibujos, llenas de un simbolismo extraño
y desconocido; símbolos que no habían visto antes, y cuya escritura era
reciente. Tan reciente, que la “pintura” aún chorreaba por la pared dejando
sinuosos y oscuros surcos. La temperatura comenzaba a bajar a cada paso que
daban, y sabían perfectamente a qué se debía eso; y no les gustaba en absoluto.
- Creo que lo más inteligente sería buscar la carretera
por la que se fue el autobús, y seguirla. – propuso uno con tono nervioso.
- Nos arriesgaríamos a que nos encontrasen, o a acabar
volviendo al edificio por error. – negó otro con la cabeza. – No pienso
arriesgarme a eso, iremos campo a través.