Guardó
silencio durante un momento, planteándoselo ella misma. Enfrentarse a Oliver y
a sus secuaces era algo que tenía que pensar bien antes de dar una respuesta.
¿Cuántos eran? ¿Hasta dónde iba a ser capaz ella de llegar para recuperar su
libertad? ¿La recuperaría?
Aquellas
preguntas bailaban en su cabeza de forma incesante mientras Gato esperaba con
paciencia, aparentemente expectante. ¿Podría fiarse de él? Esperaba que sí,
porque estaba decidida a hacer lo que fuese necesario para poder salir de aquél
lugar.
Cuando
llegó a aquella conclusión, antes incluso de abrir la boca, notó algo extraño
en la casa. Fue como si el ambiente cambiase por completo; como si haber
decidido plantar cara a Oliver hubiese dado esperanzas a todos allí.
- Sí, Gato. – asintió ella, mirándolo fijamente a
los ojos. – Estoy dispuesta a plantarle cara a ese maldito bicho.
- Sí, lo imaginaba. – asintió él, mirándola
satisfecho. Se puso de nuevo en marcha, aunque tuvo que pararse a estirarse un
momento, caminando por el pasamano de la escalera. – Vamos, sígueme. Tenemos
que ir a hablar en un lugar más seguro.
- De acuerdo… - comentó en voz baja, siguiéndolo.
El piso de
arriba era casi una réplica idéntica al de abajo, con la salvedad de que allí
no había ninguna sala vacía que haría las veces de recibidor. Aquella estancia
sólo era pasillo tras pasillo, habitación tras habitación. Las paredes eran de
listones de madera hasta media altura, de ladrillo rojo hasta el techo. El
suelo estaba cubierto por una vieja y raída moqueta azul oscuro, cubierta por
manchas cada pocos metros.
No pudo evitar preguntarse cuántas habitaciones
habría en aquella casa y cuánta gente
que supuestamente viviendo en aquella casa pero no se atrevió, imaginaba que la
respuesta era demasiado dura como para querer escucharla.
Llegaron a
un pequeño espacio más amplio donde gato se sentó de nuevo y miró hacia arriba,
señalando con la cabeza el techo. Allí una pequeña cuerda, de un blanco
apagado, colgaba perezosamente desde un pequeño gancho. Delia se preguntó si
aquél era el lugar seguro del que le había hablado o simplemente él había
sucumbido a sus instintos de gato y lo que quería era jugar con ella.
- ¿A qué esperas para abrir? – preguntó finalmente,
mirándola de soslayo. – Yo no llego hasta ahí.
- Sí, perdona. – asintió poniéndose de puntillas
para alcanzar la cuerda, pero sus dedos apenas la rozaban y no podía sujetarla.
Tuvo que dar un pequeño salto para poder engancharla y tirar hacia abajo,
aunque supo que no iba a ser fácil. – Está atascada. – dijo mirando a Gato, no
quería romper nada.
- Hace mucho tiempo que nadie la abre. – asintió él,
mirándola. – Con fuerza, Delia. Tira con fuerza. – animó.
Tiró hacia
abajo haciendo crujir la madera de una forma tan extraña que por un momento
llegó a pensar que le había hecho daño, que la escalera estaba realmente viva y
estaba quejándose por aquello. Eso fue suficiente para que parase durante un
momento, buscando la aprobación de Gato, que se limitó a mirarla en silencio a
la espera de que terminase de abrir.
Cuando
finalmente pudo bajar del todo la cuerda pudo ver cómo se desplegaba una
pequeña escalera que subía hacia el ático de la casa. La entrada hacia el lugar
estaba oscura y eso le daba un poco de miedo.
Gato subió de manera ágil los escalones y se paró a
medio camino, quedando a la altura de sus ojos, mirándola.
- ¿Tienes miedo de la oscuridad? – preguntó,
moviendo la cola de forma divertida.
- Un poco. – susurró ella con voz tímida. – Ya
sabes…en la oscuridad siempre viven los monstruos.
- Bueno, entonces tendremos que echarlos. –
respondió él antes de volver a subir.
- ¿Echarlos? –
se preguntó, incrédula.
- Si quieres
matar a Oliver tendrás que convertirte en un monstruo. – respondió Ella con
voz calmada y suave.
Finalmente
comenzó a subir. A cada escalón que subía sentía menos miedo y más comodidad
ante la oscuridad, como si estuviese…en casa.