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viernes, 14 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [20]

    Guardó silencio durante un momento, planteándoselo ella misma. Enfrentarse a Oliver y a sus secuaces era algo que tenía que pensar bien antes de dar una respuesta. ¿Cuántos eran? ¿Hasta dónde iba a ser capaz ella de llegar para recuperar su libertad? ¿La recuperaría?
    Aquellas preguntas bailaban en su cabeza de forma incesante mientras Gato esperaba con paciencia, aparentemente expectante. ¿Podría fiarse de él? Esperaba que sí, porque estaba decidida a hacer lo que fuese necesario para poder salir de aquél lugar.
    Cuando llegó a aquella conclusión, antes incluso de abrir la boca, notó algo extraño en la casa. Fue como si el ambiente cambiase por completo; como si haber decidido plantar cara a Oliver hubiese dado esperanzas a todos allí.

- Sí, Gato. – asintió ella, mirándolo fijamente a los ojos. – Estoy dispuesta a plantarle cara a ese maldito bicho.
- Sí, lo imaginaba. – asintió él, mirándola satisfecho. Se puso de nuevo en marcha, aunque tuvo que pararse a estirarse un momento, caminando por el pasamano de la escalera. – Vamos, sígueme. Tenemos que ir a hablar en un lugar más seguro.
- De acuerdo… - comentó en voz baja, siguiéndolo.

    El piso de arriba era casi una réplica idéntica al de abajo, con la salvedad de que allí no había ninguna sala vacía que haría las veces de recibidor. Aquella estancia sólo era pasillo tras pasillo, habitación tras habitación. Las paredes eran de listones de madera hasta media altura, de ladrillo rojo hasta el techo. El suelo estaba cubierto por una vieja y raída moqueta azul oscuro, cubierta por manchas cada pocos metros.
    No  pudo evitar preguntarse cuántas habitaciones habría en aquella casa  y cuánta gente que supuestamente viviendo en aquella casa pero no se atrevió, imaginaba que la respuesta era demasiado dura como para querer escucharla.
    Llegaron a un pequeño espacio más amplio donde gato se sentó de nuevo y miró hacia arriba, señalando con la cabeza el techo. Allí una pequeña cuerda, de un blanco apagado, colgaba perezosamente desde un pequeño gancho. Delia se preguntó si aquél era el lugar seguro del que le había hablado o simplemente él había sucumbido a sus instintos de gato y lo que quería era jugar con ella.

- ¿A qué esperas para abrir? – preguntó finalmente, mirándola de soslayo. – Yo no llego hasta ahí.
- Sí, perdona. – asintió poniéndose de puntillas para alcanzar la cuerda, pero sus dedos apenas la rozaban y no podía sujetarla. Tuvo que dar un pequeño salto para poder engancharla y tirar hacia abajo, aunque supo que no iba a ser fácil. – Está atascada. – dijo mirando a Gato, no quería romper nada.
- Hace mucho tiempo que nadie la abre. – asintió él, mirándola. – Con fuerza, Delia. Tira con fuerza. – animó.

    Tiró hacia abajo haciendo crujir la madera de una forma tan extraña que por un momento llegó a pensar que le había hecho daño, que la escalera estaba realmente viva y estaba quejándose por aquello. Eso fue suficiente para que parase durante un momento, buscando la aprobación de Gato, que se limitó a mirarla en silencio a la espera de que terminase de abrir.
    Cuando finalmente pudo bajar del todo la cuerda pudo ver cómo se desplegaba una pequeña escalera que subía hacia el ático de la casa. La entrada hacia el lugar estaba oscura y eso le daba un poco de miedo.
Gato subió de manera ágil los escalones y se paró a medio camino, quedando a la altura de sus ojos, mirándola.

- ¿Tienes miedo de la oscuridad? – preguntó, moviendo la cola de forma divertida.
- Un poco. – susurró ella con voz tímida. – Ya sabes…en la oscuridad siempre viven los monstruos.
- Bueno, entonces tendremos que echarlos. – respondió él antes de volver a subir.
- ¿Echarlos? – se preguntó, incrédula.
- Si quieres matar a Oliver tendrás que convertirte en un monstruo. – respondió Ella con voz calmada y suave.


    Finalmente comenzó a subir. A cada escalón que subía sentía menos miedo y más comodidad ante la oscuridad, como si estuviese…en casa.