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viernes, 18 de abril de 2014

Un poco de fotografía

Hoy traigo tres nuevas fotografías (anda que no me salvan la papeleta xD). Dos de ellas son del atardecer frente a mi casa y la otra es...bueno, un tanto especial. 




viernes, 14 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [20]

    Guardó silencio durante un momento, planteándoselo ella misma. Enfrentarse a Oliver y a sus secuaces era algo que tenía que pensar bien antes de dar una respuesta. ¿Cuántos eran? ¿Hasta dónde iba a ser capaz ella de llegar para recuperar su libertad? ¿La recuperaría?
    Aquellas preguntas bailaban en su cabeza de forma incesante mientras Gato esperaba con paciencia, aparentemente expectante. ¿Podría fiarse de él? Esperaba que sí, porque estaba decidida a hacer lo que fuese necesario para poder salir de aquél lugar.
    Cuando llegó a aquella conclusión, antes incluso de abrir la boca, notó algo extraño en la casa. Fue como si el ambiente cambiase por completo; como si haber decidido plantar cara a Oliver hubiese dado esperanzas a todos allí.

- Sí, Gato. – asintió ella, mirándolo fijamente a los ojos. – Estoy dispuesta a plantarle cara a ese maldito bicho.
- Sí, lo imaginaba. – asintió él, mirándola satisfecho. Se puso de nuevo en marcha, aunque tuvo que pararse a estirarse un momento, caminando por el pasamano de la escalera. – Vamos, sígueme. Tenemos que ir a hablar en un lugar más seguro.
- De acuerdo… - comentó en voz baja, siguiéndolo.

    El piso de arriba era casi una réplica idéntica al de abajo, con la salvedad de que allí no había ninguna sala vacía que haría las veces de recibidor. Aquella estancia sólo era pasillo tras pasillo, habitación tras habitación. Las paredes eran de listones de madera hasta media altura, de ladrillo rojo hasta el techo. El suelo estaba cubierto por una vieja y raída moqueta azul oscuro, cubierta por manchas cada pocos metros.
    No  pudo evitar preguntarse cuántas habitaciones habría en aquella casa  y cuánta gente que supuestamente viviendo en aquella casa pero no se atrevió, imaginaba que la respuesta era demasiado dura como para querer escucharla.
    Llegaron a un pequeño espacio más amplio donde gato se sentó de nuevo y miró hacia arriba, señalando con la cabeza el techo. Allí una pequeña cuerda, de un blanco apagado, colgaba perezosamente desde un pequeño gancho. Delia se preguntó si aquél era el lugar seguro del que le había hablado o simplemente él había sucumbido a sus instintos de gato y lo que quería era jugar con ella.

- ¿A qué esperas para abrir? – preguntó finalmente, mirándola de soslayo. – Yo no llego hasta ahí.
- Sí, perdona. – asintió poniéndose de puntillas para alcanzar la cuerda, pero sus dedos apenas la rozaban y no podía sujetarla. Tuvo que dar un pequeño salto para poder engancharla y tirar hacia abajo, aunque supo que no iba a ser fácil. – Está atascada. – dijo mirando a Gato, no quería romper nada.
- Hace mucho tiempo que nadie la abre. – asintió él, mirándola. – Con fuerza, Delia. Tira con fuerza. – animó.

    Tiró hacia abajo haciendo crujir la madera de una forma tan extraña que por un momento llegó a pensar que le había hecho daño, que la escalera estaba realmente viva y estaba quejándose por aquello. Eso fue suficiente para que parase durante un momento, buscando la aprobación de Gato, que se limitó a mirarla en silencio a la espera de que terminase de abrir.
    Cuando finalmente pudo bajar del todo la cuerda pudo ver cómo se desplegaba una pequeña escalera que subía hacia el ático de la casa. La entrada hacia el lugar estaba oscura y eso le daba un poco de miedo.
Gato subió de manera ágil los escalones y se paró a medio camino, quedando a la altura de sus ojos, mirándola.

- ¿Tienes miedo de la oscuridad? – preguntó, moviendo la cola de forma divertida.
- Un poco. – susurró ella con voz tímida. – Ya sabes…en la oscuridad siempre viven los monstruos.
- Bueno, entonces tendremos que echarlos. – respondió él antes de volver a subir.
- ¿Echarlos? – se preguntó, incrédula.
- Si quieres matar a Oliver tendrás que convertirte en un monstruo. – respondió Ella con voz calmada y suave.


    Finalmente comenzó a subir. A cada escalón que subía sentía menos miedo y más comodidad ante la oscuridad, como si estuviese…en casa. 

martes, 11 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [17]

    El tono con el que le había hablado Reloj no le había gustado en absoluto porque no era propio de él. Reloj no era la persona más comprensiva o cariñosa del mundo, pero no era artificial ni frío como esa imagen falsa que estaba dando en ese momento. Delia lo miró en silencio después de que le respondiese de aquella forma, sosteniéndole la mirada.

- No es él. En cuanto se ponga un poco nervioso mirará a otro lado, porque poca gente puede mirarte a la cara como lo hace el verdadero Reloj. – pensaba sin apartar la mirada.
- ¿En qué piensas? Te noto preocupada. – dijo la voz de Ella, aquello bastó para relajarla un poco.
- Este no es el verdadero Reloj, no es más que una copia barata. – aseguró con tono firme.
- ¿Para qué iban a sustituir al auténtico Reloj? Quiero decir, el otro tampoco era demasiado amable contigo, ¿verdad? No te daba ninguna respuesta. – replicó Ella.
- Bueno, eso no lo sé. – confesó a regañadientes. – Pero quizá estuviese pensando en darme las respuestas, no lo sé. Lo único que sé en este momento es que este no es el mismo Reloj. – afirmó, de nuevo con tono seguro.
- ¿Y qué piensas hacer al respecto? Si no es el verdadero tendrás que buscarlo para que todo vuelva a la normalidad, ¿no? – preguntó Ella con la intención de que se lo replantease.
- Pues eso es exactamente lo que pienso hacer. – respondió ella con un encogimiento de hombros.
- ¿Y si el falso Reloj intenta impedírtelo? – preguntó Ella una vez más.
- Entonces lo mataré. – respondió ella con tono sencillo, incluso alegre. – No sé qué está pasando aquí ni de qué va todo este circo, pero me he cansado de ser la señorita tímida e insegura. Si tengo que derramar sangre para conseguir respuestas, lo haré. – esbozó una sonrisa afilada.
- Vaya, eso es un poco…extremo, ¿no crees? – preguntó, consciente de que lo haría.
- Tal vez, pero no me importa. No me importa nada en absoluto; ya te lo he dicho, ya me he hartado de dejar que todos estos extraños seres me pisen por no ser capaz de ponerme en mi lugar. A partir de ahora quien no quiera colaborar se habrá metido en un buen lío. – aseguró de nuevo con firmeza.
- Ten cuidado. Rata te advirtió de que la noche y el día tienen caras opuestas, pero son lo mismo. Creo que lo que quería decir era que, dependiendo del entorno, una de esas criaturas querrá ayudarte o perjudicarte. – respondió Ella.
- Lo tendré en cuenta.

    Cuando terminó de hablar con Ella se percató de que se encontraba sola en el salón, Reloj  se había marchado y ella no se había dado cuenta. – Tengo que encontrar un arma con la que poder amenazar y defenderme. – se dijo mirando a su alrededor con cierto nerviosismo. La idea más sencilla y evidente era ir a la cocina a por un cuchillo afilado, pero en aquella maldita casa no había cocina. – Tal vez sea porque a estos seres se les mate de otra manera. – pensó mientras avanzaba sin rumbo por los pasillos de la casa sin prestar atención a las puertas cerradas que habían cada pocos metros.
    En otro lugar de la casa dos criaturas escuchaban en silencio lo que ella decía en su mente  y se miraban con codicia, satisfechas de lo que estaba pasando y de lo que iba a pasar.

- Tenemos que ir a presentarnos ante ella, y ofrecerle nuestra ayuda. – dijo una de las voces con ímpetu.
- Todavía no. – respondió otra, frenando a la primera. – Recuerda que nuestro aspecto no es el mejor para conseguir que la gente se fíe de nosotros. Si vamos ahora y hablamos con ella no hará otra cosa que desconfiar y se marchará. – aseguró, con tono pomposo.
- Cierto, de nosotros desconfiaría. Nadie se fía nunca de nosotros...pero Gato podría convencerla, ¿no? – habló otra voz con tono impaciente y nervioso.
- Sí, podría. – respondió la segunda voz con el mismo tono pomposo.
- ¿Pero quién le pone el cascabel al gato? – preguntó la primera voz, y todas rieron.


    Delia continuó avanzando por los pasillos en busca de algo que pudiese servirle como arma cuando se encontró con un gato negro que dormía en el pasamanos de la escalera. 

lunes, 10 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [16]

    La enfermera volvió a subir las escaleras de metal para dirigirse hacia el segundo piso de la galería, donde se encontraba la habitación de Dalia. Nadie conocía el apellido de la interna, y a decir verdad muchos dudaban que en realidad se llamase así, ya que no había ningún dato registrado sobre la joven; era como si hubiese aparecido de la nada en aquél accidente.

- ¿Cómo se puede pasar por el mundo sin que nadie sepa quién eres? – se preguntaba a menudo la enfermera, aquella era una de las cosas que la ponían más nerviosa.

    En su habitación acolchada Ella esperaba en silencio a que alguien viniese a decirle qué diablos estaba pasando allí; había despertado en un lugar que no conocía, y no sabía cómo había acabado en aquél maldito lugar. Eso la ponía nerviosa, llegando incluso a asustarla.

- Tal vez deberías intentar salir de ese sitio, no parece muy bonito. – dijo ella mientras la enfermera subía las escaleras con paso lento y desganado, sin querer volver a enfrentarse a la paciente.
- ¿Pero cómo? No conozco este lugar, y no sé si ahí fuera pueda haber algo peor que esto. – respondió Ella, ajena a los pasos que se acercaban.
- No lo sé, tal vez debas…bueno, ya sabes. – dijo ella con tono dudoso.
- ¿Tal vez deba hacer qué? – preguntó Ella, confusa.
- Bueno…matarlos. – respondió ella al tiempo que la puerta de la habitación se abrió.
- Hola, Dalia… - susurró la enfermera, que jamás acabó la frase.

    No era un secreto que tenía miedo de la paciente aunque ésta nunca le hubiese atacado, pero ahora tenía una justificación real al miedo que sentía por aquella mujer: la estaba mirando fijamente con un brillo extraño en los ojos y una sonrisa que no le había gustado nada. Durante un momento se le heló la sangre y se le paró el corazón, convencida de que estaba a punto de saltarle encima para atacarla por algún motivo tan descabellado como válido. No tardó ni un segundo en volver a salir de la habitación y en cerrar la puerta con llave, nerviosa y asustada.

Delia:

    Reloj parecía no haberse dado cuenta de lo que había pasado en el jardín pero desde luego estaba raro, pálido y tembloroso; parecía enfermo. A decir verdad todo en la casa era diferente a como lo recordaba de antes.
    La casa tenía varios pasillos llenos de puertas cerradas, habitaciones para invitados había dicho Reloj, y sólo había una habitación central que hacía las veces de recibidor, aunque no había ni un solo mueble en ella. - ¿Dónde se hace la comida? – preguntó ella con aire tímido al llegar. – Aquí no se come, Delia. – respondió Reloj con tono tranquilo. La casa en sí no era fea, aunque sí era muy fría al estar tan vacía de muebles y vida; ella nunca había visto a nadie, aparte de Reloj, en los pasillos de la casa, por lo que comenzaba a sospechar que aquellas no eran habitaciones de invitados.
- Está pasando algo, algo muy malo – pensó mientras caminaba en silencio por uno de los pasillos de la casa tras él. – Es como si toda la casa estuviera enferma.

- Bueno, espero que estés lista para ver de una vez tu habitación, Delia. – dijo Reloj con tono oxidado quebrado, enfermo.
- Se está muriendo. Hay algo en su interior que lo está oxidando de forma lenta pero imparable. – pensó de súbito al escuchar el tono de Reloj. - ¿Estás bien? – preguntó acercándose a él.
- Sí, claro que sí. Todos estamos bien, Delia, tú también. – respondió con tono mecánico, mirándola de soslayo.
- No es Reloj. No es el verdadero Reloj, no hay un ápice de vida en él. No es que el auténtico fuese demasiado expresivo, pero parecía…vivo, éste no es más que una marioneta, un juguete de trapo. – se dijo al ver los ojos apagados, artificiales, del falso Reloj. – Aún no, pero gracias. – respondió asustada; lo último que quería en ese momento era entrar en ninguna jaula habitación.

- Como quieras. – respondió con tono falso.