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martes, 18 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [24]

- ¿Me ha desarmado cuanto ha podido para evitar que me enfrente a él? – se dijo en pensamientos, dubitativa. No podía creer todo lo que Gato acababa de decirle, aunque sonase demasiado convincente.
- ¿De qué hablas? – preguntó Ella con curiosidad, atenta a las palabras que ella se decía a sí misma.
- Al parecer no sólo somos gemelas, sino que ese tal Oliver me ha robado el amor para que no pueda enfrentarme a él. – respondió tras un instante de duda. Quería hablar consigo misma, sin que nadie se entrometiese en sus pensamientos, pero Ella había preguntado.
- ¿Tú que crees? – preguntó Ella sin hacer caso del tono de ella.
- No lo sé, ése es el problema. – suspiró. – Todo suena muy real y ellos parecen creer lo que dicen… ¿pero y si nada de esto es real? ¿Y si todo no es más que una simple pesadilla?
- ¿A ti te lo parece? – preguntó demasiado deprisa.
- No, no me lo parece. ¿Pero cómo puedo explicar que esté hablando contigo, si estás en otro mundo? Tú crees que eres real tanto como yo, así que ¿cuál es la real y cuál la imaginación? Todo esto es tan real para mí como para ti, y eso me confunde. – replicó ella, poniéndose de mal humor.
- Tal vez los dos mundos sean reales, o los dos inventados. – respondió Ella con tono tranquilo. – Podría ser, ¿no? Ambas tenemos la sensación de estar en el lugar real, ¿por qué una iba a estar equivocada?
- ¿Tú también te lo crees? – preguntó ella negando con la cabeza suavemente, indecisa.
- No he dicho que me lo crea, sólo digo que es una posibilidad que deberías tener en cuenta. De todas formas creo que da igual que este sitio sea real o no, creo que lo importante ahora es que decidas qué vas a hacer. ¿Vas a enfrentarte a Oliver? – no pudo evitar sonar un tanto áspera, directa.
- ¿Por qué todos os empeñáis en que me enfrente a ese tipo? – preguntó ella a su vez, cansada.
- Porque eres tú la única que está en disposición de hacerlo. Creo que yo puedo ayudarte de vez en cuando, pero no puedo enfrentarme a nadie de ese mundo porque yo también estoy encerrada en el mío. Y ellos, los que te acompañan, no parecen ser muy capaces de enfrentarse a nadie. – respondió Ella usando de nuevo un tono suave y amigable. – Sólo depende de ti el que acabes con ese dictador extraño, quizá así puedas resolver todo este asunto y que volvamos al mundo real…si es que existe alguno.

    Escuchó las palabras de Ella con total atención, esperando exactamente esa respuesta sin querer oírla. Todo se reducía a eso, a pelear. No es que ella fuese de naturaleza violenta, le gustaba pensar que era todo lo contrario, pero no podía negar que de vez en cuando sentía el deseo imparable de hacer daño a la gente; fuese por miedo, por rabia o porque no tenía más opciones.
    Cerró los ojos frotándose las sienes, tratando de evadirse de los dos malditos mundos. Sólo necesitaba un segundo de paz para poder pensar con tranquilidad, si tenía que tomar una opción de las dos que le habían dado quería al menos pensárselo bien para no arrepentirse.
    Finalmente llegó a una conclusión y se sintió en calma. Abrió lentamente los ojos, desconectándose de Ella y sus palabras, y miró fijamente a Gato, Rata y Cucaracha. Ellos miraban en un silencio que rayaba el fanatismo religioso, expectantes a lo que ella hiciese o estuviese a punto de decir; sentían que, por fin, iban a obtener una respuesta. Con suerte sería la respuesta que ellos querían oír.

- ¿Y bien? – preguntó Cucaracha rompiendo el silencio, incapaz de continuar con la boca cerrada.
- Lo haré. – respondió ella, decidida. – Me enfrentaré a Oliver y le haré lamentarse de habernos encerrado a todos aquí.

    Todos se sintieron contentos con la respuesta, y asintieron despacio. Rata y Cucaracha se alejaron de ella, habían dicho que iban a buscar algo que darle; algo que, según habían dicho, le gustaría mucho. Algo afilado, la idea le gustaba.

- Gato. – llamó con voz suave.
- ¿Sí? – preguntó, mirándola de medio lado.
- Si derrotamos a Oliver… ¿podremos volver al mundo real? – preguntó con miedo de la respuesta.

- No lo sé. – respondió Gato con tono serio. – Nadie le ha plantado cara hasta ahora. 

sábado, 15 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [21]

    No sabía qué iba a encontrar allí en el ático pero sabía, sin saber cómo, que no sería peligroso. Al menos…no para ella.
    Los escalones de madera crujían bajo su peso, al contrario que con Gato que había subido con agilidad y rapidez, y temía que tarde o temprano Reloj apareciese por allí para intentar reñirla o retenerla por seguir rompiendo las normas aunque nunca le hubiese hablado del ático. No podía evitar sentir al mismo tiempo una excitación creciente, al igual que su curiosidad, al estar cada vez más cerca de aquél lugar.
    La entrada continuaba siendo un agujero negro de aspecto amenazador, la imaginaba como la boca de alguna criatura hambrienta, pero ella ya no tenía miedo de la oscuridad; Rata tenía razón al decir que la oscuridad sacaba la otra cara de cualquiera. En ese momento la oscuridad la llamaba con fuerza, y ella no pretendía resistirse a la llamada.
    Primero asomó la cabeza al interior del ático, imaginando con descabellado júbilo que la boca de la criatura se cerraría en ese momento para comérsela, para ver qué había en el interior de aquél lugar que ahora le resultaba como de maravilla. Sin embargo la falta de luz le impedía poder ver más allá de sus manos,  e incluso estas estaban un poco difuminadas borrosas, como si estuviesen transformándose en el punto perfecto entre luz y oscuridad. Aquella sensación le gustaba.

- Está aquí, está aquí. Ha venido. – susurró una voz en voz baja, cerca de ella.
- ¿Pero viene a ayudarnos? – preguntó otra voz. – No sé si podemos fiarnos de ella en realidad. – añadió con tono inseguro.
- Callaos. – ordenó Gato con tono autoritario. – Hará lo que crea conveniente.
- ¿Quién está ahí? – preguntó ella con cierto miedo en la voz. - ¿Con quién estás ahora, Gato? – insistió, a punto de dar media vuelta para marcharse.

    Durante un segundo el silencio se hizo delatador incómodo. Delia pensó que aquello no había sido más que una trampa y que ella había caído de lleno como una tonta.
    Comenzó a bajar cuando Gato se acercó a ella con paso lento y tranquilo, mirándola fijamente como si estuviese juzgándola sopesando la capacidad de ella para poder hablar con claridad o no.

- No te preocupes, Delia. – habló al fin. No habían pasado más de tres segundos desde que ella había preguntado hasta que él respondió, pero habían parecido una eternidad.
- Eso es lo que sentimos cuando estamos a punto de dar o recibir una respuesta importante en nuestras vidas. – susurró Ella en la mente de ella.
- ¿Una respuesta importante? – preguntó ella con tono confuso. – Sólo he preguntado quién andaba ahí.
- Tal vez sea importante lo que están a punto de decirte, ¿no crees? A fin de cuentas, no sabes si puedes fiarte de ellos. Ahora conocerás la respuesta, ¿no crees que, por tanto, es una respuesta importante? – respondió Ella con cierta calidez en la voz.
- Supongo que lo descubriremos, ¿no?
- Son amigos. – continuó Gato tras ese extraño momento de silencio en el que ella había mostrado claros signos de no estar atenta a lo que él estaba diciéndole. – A decir verdad, conoces a uno de ellos. – sonrió un poco.
- ¿Sí? – preguntó con curiosidad renovada, volviendo a subir los dos escalones que había bajado.
- Sí, claro que sí. Cuando estábamos en la luz casi me aplastas, pero en la oscuridad no estabas tan dispuesta a hacerlo. – sonrió una voz conocida. Se acercó la silueta de Rata, que reconoció en el instante, y ella sonrió un poco.
- Siento haber sido tan bruta antes… - respondió con aire tímido.
- No quiero meterte prisa, Delia. – dijo Gato, entrometiéndose en la conversación. – Pero no podemos tener esa puerta abierta todo el día. Oliver no recuerda que este sitio existe, por lo que nadie lo recuerda, pero si Reloj lo ve no dudará en llamarlo. – dijo con voz apremiante para que se diese cuenta de que no bromeaba.
- Sí, claro, perdona. – respondió ella subiendo y ayudando a cerrar la puerta. – Entonces, Reloj no es de fiar. – afirmó, mirándolo.

- No exactamente. Reloj sólo cuida de que las normas se cumplan. – dijo Gato con tono triste. 

viernes, 7 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [13]

    Permaneció en silencio, bajo la sombra del porche, tratando de recuperar el ritmo de la respiración y que bajase su pulso. Las últimas palabras de Oliver habían sonado tan seguras y tan cerca que casi pudo sentir el aliento de la criatura en su nuca; por un momento estuvo segura de que estaba tras ella.
Afortunadamente Oliver se había marchado, harto de buscar, y la normalidad había ido volviendo lentamente al jardín; las criaturas vivas habían empezado a salir de nuevo y las no vivas empezaron a “relajarse” poco a poco, sin embargo ella no podría intentar fingir una normalidad: si Rata tenía razón no podría fiarse de nadie ahí fuera, claro que eso también implicaba que no podría fiarse de Rata. Tenía un lío demasiado grande en su cabeza como para poder pensar con claridad.

- ¿Estás ahí? – preguntó, deseando que Ella respondiese. La necesitaba.
- ¿Ya se ha marchado? – preguntó a su vez, con voz creciente.
- Sí, creo que sí. Se llama Oliver, y es el rey de la oligofrenia…o eso me han dicho. – respondió ella.
- Sea quien sea, no te conviene estar cerca cuando aparezca. No quiere nada bueno de ti.
- Esa es la sensación que me ha dado. – aseguró ella, comenzando a calmarse. – Pero, ¿por qué? Yo no le he hecho nada malo, no sé por qué quiere hacerme daño.
- No creo que podamos saberlo pronto. Creo que lo mejor es que salgas de ahí abajo, no sé si está a salvo.
- Aquí fue el único lugar donde me sentí segura cuando él apareció, pero ahora no lo estoy tanto. Es como si algo me estuviese mirando… - la voz era apenas un hilo, casi inaudible, a causa del miedo; si bien era cierto que se había sentido segura en la oscuridad mientras Oliver rondaba por el jardín, ahora necesitaba desesperadamente volver a la luz. ¿Quizá sería por lo que Rata había dicho de que la luz y la oscuridad tienen dos caras opuestas, pero que eran la misma cosa? Era posible; Rata le había dado varias respuestas, pero no todas las que ella quería.
- Entonces no pierdas el tiempo planteándote enigmas de dualidades, y sal de una vez. Es mejor que te dé un poco la luz. – respondió Ella, sacándola de la ensoñación.

    Hizo caso del consejo y no perdió el tiempo en salir de su escondrijo. Se arrastró con rapidez hacia la luz convencida de que una criatura la atraparía antes de que pudiese escapar era la mejor opción que podía tomar. Quizá debiese hablar con Reloj para contarle parte de su pequeña odisea pero no se podía fiar de Reloj ahora, porque Reloj tenía demasiado miedo de Oliver como para ayudarle seguro que se enfadaba por haber hecho que Oliver viniese al jardín roto las normas.
Caminó hacia el interior de la casa, harta ya del jardín y de esas criaturas que esperaban en silencio a que cometiese un error sus extravagancias. En la casa podría pensar en lo que había sucedido y podría intentar buscar mentiras respuestas pintadas de verdad.

- ¿Reloj? – llamó, en la puerta de entrada sin atreverse a abrir. ¿Y si Reloj estaba realmente trabajando para Oliver, listo para traicionarte en cuanto tenga la oportunidad enfadado y no quería hablar con ella nunca más? Podría incluso negarle la entrada a la casa dejándola sola para siempre por haber roto las normas. - ¿Re…loj? – susurró, llevando una mano hacia el pomo tímidamente.

    Sin que ella accionase el mecanismo el picaporte giró y la puerta se abrió. Se preparó para ver alguna criatura salida de sus pesadillas nueva y extravagante figura, pero se trataba de Reloj. Tragó saliva mirándolo fijamente, esperando a que dijese algo.

- ¿Qué haces ahí fuera? – preguntó con su tono habitual, no parecía enfadado en absoluto.
- Yo…sólo quería tomar un poco el aire. – respondió ella encogiéndose de hombros. – Creo que ni siquiera sabe lo que ha pasado. – pensó, convencida.
- Quizá el jardín y la casa estén separadas. – dijo Ella.

- Anda, pasa. – dijo Reloj, pasando al interior. 

martes, 4 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [11]

    No podía asegurar que no fuese Ratón, pero tampoco estaba del todo segura. Tenía su misma voz y parecía haberla reconocido, mostrándose aparentemente amistoso. ¿Podría confiar en aquella…rata horrenda? Era grande y parecía capaz de ocasionar serios problemas en un enfrentamiento, pero al mismo tiempo parecía tranquila.

- ¿Ra…tón? – preguntó con nervio. - ¿Eres tú, de verdad?
- El mismo, niña. – sonrió mostrando una vez más la hilera de dientes desiguales pero afilados, rezumantes de algo que no quería saber.
- Pero…has cambiado, no eres el mismo. – dijo ella con tono incrédulo. - ¿Cómo puedes ser el mismo, si has cambiado por completo? ¡Incluso has crecido! Y te ha cambiado el color de pelo, y… - no podía acabar la frase, la lista era interminable.
- Que haya cambiado mi aspecto externo no significa que haya cambiado el interno, niña. – sonrió Rata, sentándose sobre sus patas traseras. – Tú también has cambiado tu aspecto físico, ¿sabes? No eres la misma que entró aquí debajo huyendo de ese loco. La oscuridad y la luz siempre han cambiado la perspectiva de las cosas.
- ¿Qué yo he…? – tragó saliva, esforzándose por no gritar y revelar su posición. - ¿A qué te refieres? Yo me siento igual.
- Yo también me siento igual, pero en la luz soy un pequeño y amigable ratoncillo, y en la oscuridad me convierto en una rata gorda y horrenda. Eso es lo que él quiere, Delia, que sientas miedo y asco de mi para que salgas. – advirtió rata con tono tranquilo. – Tu ropa no es la misma que la que llevabas antes, y tu piel tampoco tiene el mismo tono de color, ¿sabes? Todo ha cambiado, pero no podrás verte.
- ¿Por qué no? – preguntó con curiosidad, al menos estaba recibiendo muchas más respuestas de las que había tenido antes.
- Porque pare verte necesitas que haya luz, y en cuanto haya algo de luz tu aspecto no será exactamente el que te concede la oscuridad. Yo ahora tengo aspecto de rata de alcantarilla, porque me da la luz y tu cerebro debe darme una forma lógica y coherente para que no te vuelvas loca. Pero, en la completa oscuridad, ¿quién sabe qué aspecto tengo realmente? – sonrió divertido ante la cara que ponía ella, asqueada y fascinada al mismo tiempo. Todo aquello no provocaría más que otra oleada de preguntas, pero podía responderlas.

    Fuera, en el jardín, el silencio era casi total; todas las criaturas que habían estado allí, con ella, se habían esfumado ante la presencia de Oliver, y ahora sólo podían escuchar los sonidos que “el rey” producía:
    Pasos arrastrados, lentos y pesados, que recorrían el jardín de manera paciente. Un murmullo inteligible que se mezclaba con una respiración lenta y trabajosa. Lo peor de todo aquello era el olor, un olor a muerte podrido que lo inundaba todo, dejando tras de sí una esencia nauseabunda y peligrosa. No podía dejar que aquella criatura, salida de alguna pesadilla, la atrapase.

- ¿Y qué quiere Oliver de mí? – preguntó en voz baja, a sabiendas de que aquél ser se encontraba cerca de ellos.
- Mi jardín…mi hermoso jardín, tiene bichos, ¡parásitos! – aulló la voz de Oliver. Sonaba cerca, demasiado cerca de ellos. Lo suficiente como para que Delia se asustara. - ¿Quién se atreve a entrar en mi jardín? Te encontraré, pequeño insecto, y acabaré contigo. En mi jardín sólo pueden entrar mis criaturas…mi jardín, mi hermoso jardín. – la voz comenzaba a sonar más lejos, alejándose.

    Pudieron respirar con calma, aunque aspirando con ello el olor de Oliver, cuando aquél ser se hubo alejado lo suficiente de ellos. Se hizo de nuevo el silencio, largo e incómodo, y Dalia abrió la boca para repetir la pregunta cuando Rata se lanzó sobre ella, poniéndole una de las frías patas sobre la misma para hacerla callar. Los pasos volvieron a sonar cerca de ellos, acompañados de una risa quebrada.

- No podrás esconderte eternamente, parásito maligno. Algún día tendrás que salir de tu escondite, y yo estaré aquí para encontrarte. – dijo en voz alta, volviendo a alejarse.
- ¿Qué  hacemos ahora? – preguntó asustada, al borde de las lágrimas.
- Esperar. – dijo Rata. – No estará aquí eternamente.

- Tengo miedo. – susurró. 

lunes, 3 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [10]

DELIA:

    No sabía a quién pertenecía la voz que había hablado en la oscuridad bajo el porche, pero estaba casi segura de que no era peligrosa para ella; a pesar de que hubiese guardado un incómodo silencio después de que ella preguntase de qué era Rey ese tal Oliver, estaba convencida de que podía confiar en esa pequeña voz.

- ¿Sigues aquí? – preguntó entre susurros, preguntándose si esa voz la habría dejado sola. – A lo mejor se ha ido porque sabe que ese tal Oliver vendrá a mirar aquí abajo. – se dijo sin poder evitarlo pese a que Ella le había dicho que no pensase. Cerró los ojos, esperando algún movimiento del exterior, deseando que no la hubiese oído.
- Sí, sigo aquí. – respondió la vocecilla con tono calmado aunque extraño, como si tuviese la boca llena, como si estuviese comiendo algo. ¿Cómo diablos podría estar comiendo en una situación como aquella? era mejor no pensar en ello. – Eres una mujercilla muy impaciente, ¿sabes? – preguntó como si la acusara, pero con tono divertido.

    Suspiró, tratando de mantener la calma, ¿cómo aquella voz se atrevía a acusarla de ser impaciente? No sabía nada del lugar en el que se encontraba, ni siquiera cómo había llegado, y nadie le daba las respuestas que necesitaba, y ahora aparecía ese tipo al que todos en ese extraño jardín parecían tener miedo…y  esa vocecilla infantil se dedicaba a comer algo mientras esperaba tranquilamente que todo pasara. La tentación de arrastrarse hacia el borde del refugio para ver si se había marchado era demasiado grande como para poder resistirla; era como si la esencia de aquella criatura la atrajera hacia él, sin que ella pudiese resistirlo.
    Cuando trató de acercarse hacia allí para echar un vistazo alguien la detuvo. Una mano, ¿o una garra?, se apoyó sobre su brazo para retenerla. Guardó silencio un momento, conteniendo incluso el aliento, consciente de que aquél gesto provenía de la voz; esperaría a que decidiese hablar para ver qué tendría que hacer o qué opinaba al respecto. O, mejor aún, que le dijese quién era él.

- El rey de la Oligofrenia. – dijo al fin, la voz.
- ¿Qué? – preguntó ella, sin saber a qué se estaba refiriendo.
- Oliver. Oliver es el rey. – dijo la voz, haciendo un nuevo parón.
- ¿El rey de la Oligofrenia? – preguntó ella, adelantándose, comenzando a comprender.
- Exac-tamente. – respondió, masticando de forma audible.
- ¿Y qué es este sitio? – no pudo evitar la pregunta, pese a que creía conocer la respuesta, desesperada por las respuestas que llevaba…no sabía cuánto tiempo, esperando.
- Su reino, por supuesto. ¿Acaso te parecía normal que un Reloj, una Araña y una mezcla de Búho y Cuervo te hablasen? – preguntó la voz con tono divertido. – Pensé que imaginarías que era demasiado imposible como para ser cierto.
- ¿Ratón? – preguntó ella, sabiendo que era él. Había nombrado a todas las ¿personas? Con las que se había topado excepto a Ratón, por lo que no podía ser otro que él.
- Más o menos, sí. – respondió la voz, acercándose un poco hacia la luz.

    Cuando los débiles rayos de luz le alcanzaron Delia tuvo que taparse la boca con ambas manos para no gritar de asco y miedo. No era un ratoncillo gracioso, pequeño y regordete. Era una rata, de pelo descuidado y gris, grande de cola rosácea, ojos brillantes y dientes afilados. No se movía, pero miraba fijamente a Delia con sus ojos negros apagados, ojos de muerto.

- ¿Qué…qué eres tú? – preguntó con voz temblorosa, quería huir.
- Soy Ratón. – dijo con tono tranquilo.
- ¡Pero no eres un ratón, eres una rata! – aulló ella, asustada.

- Este lugar tiene dos caras, Delia. La luz y la oscuridad. Si quieres un consejo…la luz no siempre es la parte buena de la vida. – sonrió un poco, mostrando más la hilera de dientes. 

viernes, 28 de febrero de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [7]

- Me lo pensaré. – respondió ratón de claro mal humor, mirándola de reojo. – Eres una bruta, me has hecho daño. No creo que ir amenazando a la gente y haciéndole daño sea la mejor manera de conseguir respuestas, ¿sabes? – dijo con tono altivo, reprendiéndola.
- No lo habría hecho, si alguno de vosotros me hubieseis respondido a lo que he preguntado. – respondió ella cruzándose de brazos a la defensiva.
- ¡Pero aquí muy poca gente sabe lo que realmente pasa! – replicó Ratón, negando con la cabeza. Se sentó  sobre sus patas traseras mientras se cogía la cola con las delanteras para lamerla despacio, sin quitarle los pequeños y redondos ojillos negros de encima.
- ¿Tú sabes lo que pasa? – preguntó ella, esperanzada. Tuvo que hacer un esfuerzo por no lanzarse de nuevo sobre él, esta vez con mejores intenciones pero con la misma ansiedad de antes.
- Yo sé muchas cosas, sí – asintió.
- ¿Y vas a contarme lo que sabes? – preguntó ella, acercándose despacio; no quería volver a asustarlo. Se inclinó un poco sobre el muro para poder mirarlo más de cerca. – Por favor, Ratón. No sé qué está sucediendo aquí ni por qué me han metido aquí, ¡no sé nada de nada!
- Estás aquí por gracia de… - miró a su alrededor, como si estuviese buscando a algún espía que observase, de repente se mostraba nervioso. – De Oliver – dijo, pronunciando sin palabras el nombre.
- ¿De quién? – preguntó ella, mirándolo con curiosidad, dominando las ganas de gritarle.
- No puedo pronunciar su nombre, es una…
- … de las reglas, sí. – dijo ella, interrumpiéndole, harta de la dichosa frase, cansada del estúpido Reloj que prohibía a todos hacer nada.
- Pero Ella sí puede decírtelo. – replicó Ratón con paciencia, mirándola divertido. – Te das por vencida muy pronto, niña.
- ¿Qué quieres decir? – preguntó, dando un salto. Se había bajado del muro y se había arrodillado junto a este para mirar directamente a los ojos a Ratón, mucho más contenta.
- Ah, los nuevos. – suspiró Ratón con tono de sufrido veterano. – No sabes nada, en realidad, ¿verdad? – preguntó ahora con tono condescendiente. – Niña, todo lo que tú no puedas decir en voz alta puedes pensarlo, ¿no lo sabías? No hay ninguna regla que te impida pensar.
- Sí, eso ya lo sé. – respondió ella con paciencia. Ratón la había nombrado a Ella, y no a ella, y ella supo distinguir la diferencia perfectamente. – Pero, ¿a qué te refieres que Ella puede decírmelo?
- Lo que cualquier persona piensa acaba en el subconsciente, niña, y si no refresca el pensamiento de forma regular…se pierde, se marchita. Pero en cambio a ti no te sucede eso. Lo que tú pienses acabará llegándole a Ella, y Ella podrá hablar contigo cuando lo necesites. ¿O acaso no lo has hecho ya? – sonrió.
- ¿Pero quién es... ése? – preguntó ella sin poder pronunciar el nombre, no lo había escuchado por lo que no sabía cuál era.
- Oliver es el rey de la oligofrenia, niña. Él es quien creó este sitio, y es él el que te ha metido aquí para que te olvides de quién eres o qué hacías en el pasado. Cuando hayas olvidado quién eras, cuando tu pasado se haya marchitado, entonces te convertirás en uno de nosotros. – respondió Ratón hablando sin palabras, mirándola fijamente a los ojos. – Y por eso a él no le interesa que sepas nada. Por eso le dio a Reloj las reglas. Si quieres salir de aquí tendrás que ayudarte de Ella. Yo…

No pudo acabar la frase, algo le hizo huir. Algo se había agitado en el jardín, algo oscuro, algo que no debía estar allí. Había sido mucho peor que cuando había gritado, rompiendo las reglas, ahora no sólo las flores la miraron con hostilidad; ahora toda criatura viva o apagada no viva la miraba fijamente, y ella era consciente de esas miradas.

- ¿Qué está pasando…? ¡Necesito tu ayuda! – pensó alarmada, poniéndose en pie. No recibió respuesta, Ella no estaba allí ahora para ayudarla.
- Corre, niña, corre. Escóndete. Él está llegando, y no te conviene que te vea. – susurró la voz de Ratón, escondido bajo las piedras de la fuente.
- Pero… ¿por qué?
- ¡Ahora no es momento de preguntas, señorita Dalia! ¡Huya, escóndase! ¡Él está furioso! – respondió Búho, pasando por encima de su cabeza.

- De acuerdo… - susurró, levantándose para buscar refugio. 

jueves, 27 de febrero de 2014

Delia en el país de la oligofrenia

- Ya lo has oído, niña. – Respondió Cuervo tratando de sonreír satisfecho por la crueldad de sus palabras, disfrutando del momento escaso mientras la cabeza volvía a girar.
- ¿Cómo que retrasar la decisión empeorará mi situación? ¿Qué diablos queréis decir con eso? – preguntó, claramente sorprendida y enfadada.
- Perdone los modales de mi otro yo, señorita Dalia – respondió Búho, estaba claramente avergonzado. – Creo que lo que quiere decir es que no le conviene perder demasiado tiempo en la elección de lo que quiere ser en su futura vida, de lo contrario no se transformará de forma completa y acabará…bueno, como nosotros.
- ¿Pero a qué viene todo esto? ¡Quiero una respuesta, Y LA QUIERO AHORA! – gritó, enfurecida. De nuevo la vegetación y todos los elementos exteriores de la casa se giraron para mirarla con odio enfado. Ella les devolvió la misma mirada.
- N-no grite, señorita Dalia, por favor. No queremos que él se enfade y haga venir a… - silencio, una vez más. Todo aquello enfurecía a la mujer, y probablemente lo sabían, pero no podía ser de otra forma, así eran las reglas.
- ¿A quién? – preguntó ella, desafiante. – ¿A Reloj? – preguntó con tono de burla.
- Al gu-guardian del jardín, señorita Dalia – respondió Búho, nervioso, mirando alrededor.
- ¿Quién es el guardián del jardín? – preguntó ella, cansada de tanto misterio.

Búho no respondió a la pregunta, simplemente alzó el vuelo y se perdió en uno de aquellos árboles. Parecía tener bastante prisa para alejarse de ella en ese momento. Se dirigió hacia la fuente que no funcionaba y se sentó en el borde, harta. Dio un fuerte puñetazo contra el mármol y maldijo en voz baja.

- Ñem… ¿sabes qué? Sí, no creo que eso sea una buena idea – dijo una voz baja y ligeramente aguda, una voz definitivamente chillona.
- ¿Por qué el estúpido guardián del jardín se va a enfadar? – respondió ella, sarcástica. - ¿Y qué aspecto se supone que tiene, eh? ¿Será quizás una mezcla de hombre y regadera? ¿O tal vez el cuerpo de una pala y la cabeza de un niño? ¡Aquí todo es muy raro! – replicó, dando otro puñetazo.
- No…en realidad no, es de lógica, ¿sabes? No puedes poner a un tipo que se vea ridículo para proteger nada, nadie se lo tomaría en serio. – Respondió la voz, cada vez más cerca. Sin embargo Dalia no podía distinguir quién hablaba ahora.
- Si has venido a contarme las cosas a medias y luego marcharte, dejándome llena de preguntas y dudas, será mejor que te marches. No estoy de humor para seguir soportando tonterías. – Advirtió en tono serio. La voz tardó unos segundos en responder, como si estuviese pensándoselo. En realidad, estaba comiendo.
- Oh, no, yo no soy de esos. Yo sé muchas cosas, ¿sabes? Soy el tipo más listo de todo este sitio – respondió con orgullo.
- ¿Pero vas a responderme lo que yo quiero saber? – volvió a insistir ella, al borde del límite.
- Puedo responder a muchas cosas, sí, pero que yo pueda responderlas no significa que quiera hacerlo, ¿no crees? Por cierto, me llamo Ratón. – Dijo la vocecilla, saliendo por fin de debajo del muro, escalando por las piedras hasta colocarse sobre una de las piernas de la muchacha. – Está claro que aquí no son muy imaginativos poniendo nombres, ¿verdad?

No perdió el tiempo con tonterías; agarró al ratón con una mano con más fuerza de la necesaria y lo puso ante sus ojos. Lo miró en silencio durante unos segundos, esbozando una sonrisa satisfecha. Había causado dolor y miedo en Ratón, y eso le gustaba, haría que esa cosa le diese respuestas.

- Escúchame bien, porque sólo te lo diré una vez. ¿Entendido? – preguntó mirándolo fijamente. – Si no me respondes lo que yo quiero, te aplastaré como si no fueses más que una hoja seca.
Ratón sonrió un poco y mordió uno de los dedos de Dalia, consiguiendo soltarse. Se escabulló de ella lo suficiente como para sentirse a salvo y le devolvió la mirada, enfadado. – Iba a contarte muchas cosas que te interesan, pero ahora te quedas sola.

- ¡No, espera, por favor! – exclamó ella, arrepentida. – Lo siento, Ratón, no quería hacerte daño. Estoy cansada de tonterías. ¿Me perdonas?