La enfermera
volvió a subir las escaleras de metal para dirigirse hacia el segundo piso de
la galería, donde se encontraba la habitación de Dalia. Nadie conocía el
apellido de la interna, y a decir verdad muchos dudaban que en realidad se
llamase así, ya que no había ningún dato registrado sobre la joven; era como si
hubiese aparecido de la nada en aquél accidente.
- ¿Cómo se
puede pasar por el mundo sin que nadie sepa quién eres? – se preguntaba a
menudo la enfermera, aquella era una de las cosas que la ponían más nerviosa.
En su
habitación acolchada Ella esperaba en silencio a que alguien viniese a decirle
qué diablos estaba pasando allí; había despertado en un lugar que no conocía, y
no sabía cómo había acabado en aquél maldito lugar. Eso la ponía nerviosa,
llegando incluso a asustarla.
- Tal vez
deberías intentar salir de ese sitio, no parece muy bonito. – dijo ella
mientras la enfermera subía las escaleras con paso lento y desganado, sin
querer volver a enfrentarse a la paciente.
- ¿Pero cómo? No
conozco este lugar, y no sé si ahí fuera pueda haber algo peor que esto. –
respondió Ella, ajena a los pasos que se acercaban.
- No lo sé,
tal vez debas…bueno, ya sabes. – dijo ella con tono dudoso.
- ¿Tal vez deba
hacer qué? – preguntó Ella, confusa.
- Bueno…matarlos.
– respondió ella al tiempo que la puerta de la habitación se abrió.
- Hola, Dalia… - susurró la enfermera, que jamás
acabó la frase.
No era un
secreto que tenía miedo de la paciente aunque ésta nunca le hubiese atacado,
pero ahora tenía una justificación real al miedo que sentía por aquella mujer:
la estaba mirando fijamente con un brillo extraño en los ojos y una sonrisa que
no le había gustado nada. Durante un momento se le heló la sangre y se le paró
el corazón, convencida de que estaba a punto de saltarle encima para atacarla
por algún motivo tan descabellado como válido. No tardó ni un segundo en volver
a salir de la habitación y en cerrar la puerta con llave, nerviosa y asustada.
Delia:
Reloj parecía
no haberse dado cuenta de lo que había pasado en el jardín pero desde luego
estaba raro, pálido y tembloroso; parecía enfermo. A decir verdad todo en la
casa era diferente a como lo recordaba de antes.
La casa
tenía varios pasillos llenos de puertas cerradas, habitaciones para invitados
había dicho Reloj, y sólo había una habitación central que hacía las veces de
recibidor, aunque no había ni un solo mueble en ella. - ¿Dónde se hace la
comida? – preguntó ella con aire tímido al llegar. – Aquí no se come, Delia. –
respondió Reloj con tono tranquilo. La casa en sí no era fea, aunque sí era muy
fría al estar tan vacía de muebles y vida; ella nunca había visto a nadie,
aparte de Reloj, en los pasillos de la casa, por lo que comenzaba a sospechar
que aquellas no eran habitaciones de invitados.
- Está pasando
algo, algo muy malo – pensó mientras caminaba en silencio por uno de los
pasillos de la casa tras él. – Es como si
toda la casa estuviera enferma.
- Bueno, espero que estés lista para ver de una vez
tu habitación, Delia. – dijo Reloj con tono oxidado
quebrado, enfermo.
- Se está
muriendo. Hay algo en su interior que lo está oxidando de forma lenta pero
imparable. – pensó de súbito al escuchar el tono de Reloj. - ¿Estás bien? –
preguntó acercándose a él.
- Sí, claro que sí. Todos estamos bien, Delia, tú
también. – respondió con tono mecánico, mirándola de soslayo.
- No es Reloj.
No es el verdadero Reloj, no hay un ápice de vida en él. No es que el auténtico
fuese demasiado expresivo, pero parecía…vivo, éste no es más que una marioneta,
un juguete de trapo. – se dijo al ver los ojos apagados, artificiales, del
falso Reloj. – Aún no, pero gracias. – respondió asustada; lo último que quería
en ese momento era entrar en ninguna jaula
habitación.
- Como quieras. – respondió con tono falso.