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lunes, 10 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [16]

    La enfermera volvió a subir las escaleras de metal para dirigirse hacia el segundo piso de la galería, donde se encontraba la habitación de Dalia. Nadie conocía el apellido de la interna, y a decir verdad muchos dudaban que en realidad se llamase así, ya que no había ningún dato registrado sobre la joven; era como si hubiese aparecido de la nada en aquél accidente.

- ¿Cómo se puede pasar por el mundo sin que nadie sepa quién eres? – se preguntaba a menudo la enfermera, aquella era una de las cosas que la ponían más nerviosa.

    En su habitación acolchada Ella esperaba en silencio a que alguien viniese a decirle qué diablos estaba pasando allí; había despertado en un lugar que no conocía, y no sabía cómo había acabado en aquél maldito lugar. Eso la ponía nerviosa, llegando incluso a asustarla.

- Tal vez deberías intentar salir de ese sitio, no parece muy bonito. – dijo ella mientras la enfermera subía las escaleras con paso lento y desganado, sin querer volver a enfrentarse a la paciente.
- ¿Pero cómo? No conozco este lugar, y no sé si ahí fuera pueda haber algo peor que esto. – respondió Ella, ajena a los pasos que se acercaban.
- No lo sé, tal vez debas…bueno, ya sabes. – dijo ella con tono dudoso.
- ¿Tal vez deba hacer qué? – preguntó Ella, confusa.
- Bueno…matarlos. – respondió ella al tiempo que la puerta de la habitación se abrió.
- Hola, Dalia… - susurró la enfermera, que jamás acabó la frase.

    No era un secreto que tenía miedo de la paciente aunque ésta nunca le hubiese atacado, pero ahora tenía una justificación real al miedo que sentía por aquella mujer: la estaba mirando fijamente con un brillo extraño en los ojos y una sonrisa que no le había gustado nada. Durante un momento se le heló la sangre y se le paró el corazón, convencida de que estaba a punto de saltarle encima para atacarla por algún motivo tan descabellado como válido. No tardó ni un segundo en volver a salir de la habitación y en cerrar la puerta con llave, nerviosa y asustada.

Delia:

    Reloj parecía no haberse dado cuenta de lo que había pasado en el jardín pero desde luego estaba raro, pálido y tembloroso; parecía enfermo. A decir verdad todo en la casa era diferente a como lo recordaba de antes.
    La casa tenía varios pasillos llenos de puertas cerradas, habitaciones para invitados había dicho Reloj, y sólo había una habitación central que hacía las veces de recibidor, aunque no había ni un solo mueble en ella. - ¿Dónde se hace la comida? – preguntó ella con aire tímido al llegar. – Aquí no se come, Delia. – respondió Reloj con tono tranquilo. La casa en sí no era fea, aunque sí era muy fría al estar tan vacía de muebles y vida; ella nunca había visto a nadie, aparte de Reloj, en los pasillos de la casa, por lo que comenzaba a sospechar que aquellas no eran habitaciones de invitados.
- Está pasando algo, algo muy malo – pensó mientras caminaba en silencio por uno de los pasillos de la casa tras él. – Es como si toda la casa estuviera enferma.

- Bueno, espero que estés lista para ver de una vez tu habitación, Delia. – dijo Reloj con tono oxidado quebrado, enfermo.
- Se está muriendo. Hay algo en su interior que lo está oxidando de forma lenta pero imparable. – pensó de súbito al escuchar el tono de Reloj. - ¿Estás bien? – preguntó acercándose a él.
- Sí, claro que sí. Todos estamos bien, Delia, tú también. – respondió con tono mecánico, mirándola de soslayo.
- No es Reloj. No es el verdadero Reloj, no hay un ápice de vida en él. No es que el auténtico fuese demasiado expresivo, pero parecía…vivo, éste no es más que una marioneta, un juguete de trapo. – se dijo al ver los ojos apagados, artificiales, del falso Reloj. – Aún no, pero gracias. – respondió asustada; lo último que quería en ese momento era entrar en ninguna jaula habitación.

- Como quieras. – respondió con tono falso.