lunes, 3 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [10]

DELIA:

    No sabía a quién pertenecía la voz que había hablado en la oscuridad bajo el porche, pero estaba casi segura de que no era peligrosa para ella; a pesar de que hubiese guardado un incómodo silencio después de que ella preguntase de qué era Rey ese tal Oliver, estaba convencida de que podía confiar en esa pequeña voz.

- ¿Sigues aquí? – preguntó entre susurros, preguntándose si esa voz la habría dejado sola. – A lo mejor se ha ido porque sabe que ese tal Oliver vendrá a mirar aquí abajo. – se dijo sin poder evitarlo pese a que Ella le había dicho que no pensase. Cerró los ojos, esperando algún movimiento del exterior, deseando que no la hubiese oído.
- Sí, sigo aquí. – respondió la vocecilla con tono calmado aunque extraño, como si tuviese la boca llena, como si estuviese comiendo algo. ¿Cómo diablos podría estar comiendo en una situación como aquella? era mejor no pensar en ello. – Eres una mujercilla muy impaciente, ¿sabes? – preguntó como si la acusara, pero con tono divertido.

    Suspiró, tratando de mantener la calma, ¿cómo aquella voz se atrevía a acusarla de ser impaciente? No sabía nada del lugar en el que se encontraba, ni siquiera cómo había llegado, y nadie le daba las respuestas que necesitaba, y ahora aparecía ese tipo al que todos en ese extraño jardín parecían tener miedo…y  esa vocecilla infantil se dedicaba a comer algo mientras esperaba tranquilamente que todo pasara. La tentación de arrastrarse hacia el borde del refugio para ver si se había marchado era demasiado grande como para poder resistirla; era como si la esencia de aquella criatura la atrajera hacia él, sin que ella pudiese resistirlo.
    Cuando trató de acercarse hacia allí para echar un vistazo alguien la detuvo. Una mano, ¿o una garra?, se apoyó sobre su brazo para retenerla. Guardó silencio un momento, conteniendo incluso el aliento, consciente de que aquél gesto provenía de la voz; esperaría a que decidiese hablar para ver qué tendría que hacer o qué opinaba al respecto. O, mejor aún, que le dijese quién era él.

- El rey de la Oligofrenia. – dijo al fin, la voz.
- ¿Qué? – preguntó ella, sin saber a qué se estaba refiriendo.
- Oliver. Oliver es el rey. – dijo la voz, haciendo un nuevo parón.
- ¿El rey de la Oligofrenia? – preguntó ella, adelantándose, comenzando a comprender.
- Exac-tamente. – respondió, masticando de forma audible.
- ¿Y qué es este sitio? – no pudo evitar la pregunta, pese a que creía conocer la respuesta, desesperada por las respuestas que llevaba…no sabía cuánto tiempo, esperando.
- Su reino, por supuesto. ¿Acaso te parecía normal que un Reloj, una Araña y una mezcla de Búho y Cuervo te hablasen? – preguntó la voz con tono divertido. – Pensé que imaginarías que era demasiado imposible como para ser cierto.
- ¿Ratón? – preguntó ella, sabiendo que era él. Había nombrado a todas las ¿personas? Con las que se había topado excepto a Ratón, por lo que no podía ser otro que él.
- Más o menos, sí. – respondió la voz, acercándose un poco hacia la luz.

    Cuando los débiles rayos de luz le alcanzaron Delia tuvo que taparse la boca con ambas manos para no gritar de asco y miedo. No era un ratoncillo gracioso, pequeño y regordete. Era una rata, de pelo descuidado y gris, grande de cola rosácea, ojos brillantes y dientes afilados. No se movía, pero miraba fijamente a Delia con sus ojos negros apagados, ojos de muerto.

- ¿Qué…qué eres tú? – preguntó con voz temblorosa, quería huir.
- Soy Ratón. – dijo con tono tranquilo.
- ¡Pero no eres un ratón, eres una rata! – aulló ella, asustada.

- Este lugar tiene dos caras, Delia. La luz y la oscuridad. Si quieres un consejo…la luz no siempre es la parte buena de la vida. – sonrió un poco, mostrando más la hilera de dientes. 

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