- Ya lo has oído, niña. – Respondió Cuervo tratando
de sonreír satisfecho por la crueldad de sus palabras, disfrutando del momento
escaso mientras la cabeza volvía a girar.
- ¿Cómo que retrasar la decisión empeorará mi
situación? ¿Qué diablos queréis decir con eso? – preguntó, claramente
sorprendida y enfadada.
- Perdone los modales de mi otro yo, señorita Dalia
– respondió Búho, estaba claramente avergonzado. – Creo que lo que quiere decir
es que no le conviene perder demasiado tiempo en la elección de lo que quiere
ser en su futura vida, de lo contrario no se transformará de forma completa y
acabará…bueno, como nosotros.
- ¿Pero a qué viene todo esto? ¡Quiero una
respuesta, Y LA QUIERO AHORA! – gritó, enfurecida. De nuevo la vegetación y
todos los elementos exteriores de la casa se giraron para mirarla con odio enfado. Ella les devolvió la misma
mirada.
- N-no grite, señorita Dalia, por favor. No queremos
que él se enfade y haga venir a… - silencio, una vez más. Todo aquello
enfurecía a la mujer, y probablemente lo sabían, pero no podía ser de otra
forma, así eran las reglas.
- ¿A quién? – preguntó ella, desafiante. – ¿A Reloj?
– preguntó con tono de burla.
- Al gu-guardian del jardín, señorita Dalia –
respondió Búho, nervioso, mirando alrededor.
- ¿Quién es el guardián del jardín? – preguntó ella,
cansada de tanto misterio.
Búho no respondió a la pregunta, simplemente alzó el
vuelo y se perdió en uno de aquellos árboles. Parecía tener bastante prisa para
alejarse de ella en ese momento. Se dirigió hacia la fuente que no funcionaba y
se sentó en el borde, harta. Dio un fuerte puñetazo contra el mármol y maldijo
en voz baja.
- Ñem… ¿sabes qué? Sí, no creo que eso sea una buena
idea – dijo una voz baja y ligeramente aguda, una voz definitivamente chillona.
- ¿Por qué el estúpido guardián del jardín se va a
enfadar? – respondió ella, sarcástica. - ¿Y qué aspecto se supone que tiene,
eh? ¿Será quizás una mezcla de hombre y regadera? ¿O tal vez el cuerpo de una
pala y la cabeza de un niño? ¡Aquí todo es muy raro! – replicó, dando otro
puñetazo.
- No…en realidad no, es de lógica, ¿sabes? No puedes
poner a un tipo que se vea ridículo para proteger nada, nadie se lo tomaría en
serio. – Respondió la voz, cada vez más cerca. Sin embargo Dalia no podía
distinguir quién hablaba ahora.
- Si has venido a contarme las cosas a medias y
luego marcharte, dejándome llena de preguntas y dudas, será mejor que te
marches. No estoy de humor para seguir soportando tonterías. – Advirtió en tono
serio. La voz tardó unos segundos en responder, como si estuviese pensándoselo.
En realidad, estaba comiendo.
- Oh, no, yo no soy de esos. Yo sé muchas cosas,
¿sabes? Soy el tipo más listo de todo este sitio – respondió con orgullo.
- ¿Pero vas a responderme lo que yo quiero saber? –
volvió a insistir ella, al borde del límite.
- Puedo responder a muchas cosas, sí, pero que yo
pueda responderlas no significa que quiera hacerlo, ¿no crees? Por cierto, me
llamo Ratón. – Dijo la vocecilla, saliendo por fin de debajo del muro,
escalando por las piedras hasta colocarse sobre una de las piernas de la
muchacha. – Está claro que aquí no son muy imaginativos poniendo nombres,
¿verdad?
No perdió el tiempo con tonterías; agarró al ratón
con una mano con más fuerza de la necesaria y lo puso ante sus ojos. Lo miró en
silencio durante unos segundos, esbozando una sonrisa satisfecha. Había causado
dolor y miedo en Ratón, y eso le gustaba, haría que esa cosa le diese
respuestas.
- Escúchame bien, porque sólo te lo diré una vez.
¿Entendido? – preguntó mirándolo fijamente. – Si no me respondes lo que yo quiero,
te aplastaré como si no fueses más que una hoja seca.
Ratón sonrió un poco y mordió uno de los dedos de
Dalia, consiguiendo soltarse. Se escabulló de ella lo suficiente como para
sentirse a salvo y le devolvió la mirada, enfadado. – Iba a contarte muchas
cosas que te interesan, pero ahora te quedas sola.
- ¡No, espera, por favor! – exclamó ella,
arrepentida. – Lo siento, Ratón, no quería hacerte daño. Estoy cansada de
tonterías. ¿Me perdonas?