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jueves, 27 de febrero de 2014

Delia en el país de la oligofrenia

- Ya lo has oído, niña. – Respondió Cuervo tratando de sonreír satisfecho por la crueldad de sus palabras, disfrutando del momento escaso mientras la cabeza volvía a girar.
- ¿Cómo que retrasar la decisión empeorará mi situación? ¿Qué diablos queréis decir con eso? – preguntó, claramente sorprendida y enfadada.
- Perdone los modales de mi otro yo, señorita Dalia – respondió Búho, estaba claramente avergonzado. – Creo que lo que quiere decir es que no le conviene perder demasiado tiempo en la elección de lo que quiere ser en su futura vida, de lo contrario no se transformará de forma completa y acabará…bueno, como nosotros.
- ¿Pero a qué viene todo esto? ¡Quiero una respuesta, Y LA QUIERO AHORA! – gritó, enfurecida. De nuevo la vegetación y todos los elementos exteriores de la casa se giraron para mirarla con odio enfado. Ella les devolvió la misma mirada.
- N-no grite, señorita Dalia, por favor. No queremos que él se enfade y haga venir a… - silencio, una vez más. Todo aquello enfurecía a la mujer, y probablemente lo sabían, pero no podía ser de otra forma, así eran las reglas.
- ¿A quién? – preguntó ella, desafiante. – ¿A Reloj? – preguntó con tono de burla.
- Al gu-guardian del jardín, señorita Dalia – respondió Búho, nervioso, mirando alrededor.
- ¿Quién es el guardián del jardín? – preguntó ella, cansada de tanto misterio.

Búho no respondió a la pregunta, simplemente alzó el vuelo y se perdió en uno de aquellos árboles. Parecía tener bastante prisa para alejarse de ella en ese momento. Se dirigió hacia la fuente que no funcionaba y se sentó en el borde, harta. Dio un fuerte puñetazo contra el mármol y maldijo en voz baja.

- Ñem… ¿sabes qué? Sí, no creo que eso sea una buena idea – dijo una voz baja y ligeramente aguda, una voz definitivamente chillona.
- ¿Por qué el estúpido guardián del jardín se va a enfadar? – respondió ella, sarcástica. - ¿Y qué aspecto se supone que tiene, eh? ¿Será quizás una mezcla de hombre y regadera? ¿O tal vez el cuerpo de una pala y la cabeza de un niño? ¡Aquí todo es muy raro! – replicó, dando otro puñetazo.
- No…en realidad no, es de lógica, ¿sabes? No puedes poner a un tipo que se vea ridículo para proteger nada, nadie se lo tomaría en serio. – Respondió la voz, cada vez más cerca. Sin embargo Dalia no podía distinguir quién hablaba ahora.
- Si has venido a contarme las cosas a medias y luego marcharte, dejándome llena de preguntas y dudas, será mejor que te marches. No estoy de humor para seguir soportando tonterías. – Advirtió en tono serio. La voz tardó unos segundos en responder, como si estuviese pensándoselo. En realidad, estaba comiendo.
- Oh, no, yo no soy de esos. Yo sé muchas cosas, ¿sabes? Soy el tipo más listo de todo este sitio – respondió con orgullo.
- ¿Pero vas a responderme lo que yo quiero saber? – volvió a insistir ella, al borde del límite.
- Puedo responder a muchas cosas, sí, pero que yo pueda responderlas no significa que quiera hacerlo, ¿no crees? Por cierto, me llamo Ratón. – Dijo la vocecilla, saliendo por fin de debajo del muro, escalando por las piedras hasta colocarse sobre una de las piernas de la muchacha. – Está claro que aquí no son muy imaginativos poniendo nombres, ¿verdad?

No perdió el tiempo con tonterías; agarró al ratón con una mano con más fuerza de la necesaria y lo puso ante sus ojos. Lo miró en silencio durante unos segundos, esbozando una sonrisa satisfecha. Había causado dolor y miedo en Ratón, y eso le gustaba, haría que esa cosa le diese respuestas.

- Escúchame bien, porque sólo te lo diré una vez. ¿Entendido? – preguntó mirándolo fijamente. – Si no me respondes lo que yo quiero, te aplastaré como si no fueses más que una hoja seca.
Ratón sonrió un poco y mordió uno de los dedos de Dalia, consiguiendo soltarse. Se escabulló de ella lo suficiente como para sentirse a salvo y le devolvió la mirada, enfadado. – Iba a contarte muchas cosas que te interesan, pero ahora te quedas sola.

- ¡No, espera, por favor! – exclamó ella, arrepentida. – Lo siento, Ratón, no quería hacerte daño. Estoy cansada de tonterías. ¿Me perdonas?